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Ernesto Ladrón de Guevara
Jueves, 21 de septiembre de 2017

¡Viva la Guardia Civil!

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[Img #5334]Ayer, día 20 de septiembre, la Guardia Civil, cumpliendo órdenes de la instancia judicial correspondiente, acudió, como policía judicial, a hacer inspecciones, requisas y detenciones de personal al servicio de la Generalitat incurso en  presuntos delitos referidos al Referendum ilegal organizado sediciosamente por los actuales rectores del interés general en Cataluña. Los guardias civiles, cumpliendo órdenes, hicieron escrupulosamente la tarea encomendada.

 

Una turba pequeña pero ruidosa de carácter subversiva, cometiendo delito de rebelión, calificado en el artículo  472 del Código Penal, acosó a los agentes, les insultó, amenazando gravemente su integridad personal, produciendo daños a los vehículos e incluso sustrayendo armamento y enseres policiales. Los agentes, atendiendo al criterio de prudencia y proporcionalidad optaron por retirarse a lugar seguro sin dar respuesta a las agresiones, e, incluso, fueron asediados cuando un pelotón de guardias civiles se recluyó en unas dependencias oficiales. La pregunta que me hago es si en estas condiciones, ante los delitos cometidos por los cafres independentistas que cumplieron a rajatabla el reclamo de Puigdemont de echarse a la calle, y bajo un ambiente de ultrajes, insultos, amenazas y acoso fueron correctos en su obligada pasividad o podían legítimamente dar cumplida respuesta como agentes de la autoridad.

 

En este país la autoridad se ha socavado de tal manera que se han disuelto los límites y referencias básicas para una convivencia civilizada, y para la asunción del orden constitucional y empieza a amagar la anarquía, el caos y la ley de la selva.

 

A propósito de esto que escribo, el Código Penal expresa que “Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes:

 

1.º Derogar, suspender o modificar total o parcialmente la Constitución.
[…]

 

5.º Declarar la independencia de una parte del territorio nacional.
[…]

 

7.º Sustraer cualquier clase de fuerza armada a la obediencia del Gobierno.
 

En este caso incurren los mossos que se hayan sumado a las protestas o han hecho omisión de su deber de socorro a los guardias civiles asediados. Pero también los subvertidos que destrozaron vehículos policiales o  robaron armas y enseres de la Guardia Civil. Al menos esa es mi interpretación del artículo expresado.  ¿Y qué hicieron las autoridades? Nada. ¿Se dieron instrucciones a las fuerzas disponibles para actuar?  El Gobierno sigue atenazado por sus dudas y  prevenciones. Una cosa es la prudencia y otra el incumplimiento de su deber de salvaguarda del bien común.

    

Gustave Le Bon escribió a finales del siglo XIX un libro magistral que es de plena actualidad “La psicología de las masas”. En él refería con precisión conceptual lo que más tarde Ortega y Gasset versaría en su “Revolución de las masas”.  Decía Le Bon: “La peculiaridad más sobresaliente que presenta una masa psicológica es la siguiente: sean quienes fueren los individuos que la componen, más allá de semejanzas o diferencias en los modos de vida, las ocupaciones, los caracteres o la inteligencia de estos individuos, el hecho de que han sido transformados en una masa los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado. Hay ciertas ideas y sentimientos que no surgen, o no se traducen en acción, excepto cuando los individuos forman una masa. La masa psicológica es un ser provisorio formado por elementos heterogéneos que se combinan por un momento, exactamente como las células que constituyen un cuerpo viviente forman por su reunión un nuevo ser que exhibe características muy diferentes de las que posee cada célula en forma individual.”  

 

En definitiva, en Román paladino, calificaríamos a esas masas de irreflexivas y abocadas a ser pastoreadas como colectivo de borregos sin determinación personal de su voluntad, es decir sin responsabilidad consciente de sus actos. Eso es lo que me sugería la visión de los cazurros que salían ayer a la calle a acosar a esos guardias civiles que cuando esa misma gente se despeña en el monte, o es victima de una desgracia, o de un accidente, o cualquier percance llaman acuciantemente para que les asista. A mí me da vergüenza ajena y ganas de vomitar.

 

Quiero aprovechar este artículo para rendir homenaje a esas fuerzas policiales, en especial la Guardia Civil, abnegadas, obedientes a sus jefes, sacrificadas, al servicio del bien general, respetuosas con la legalidad y custodia inflexible del orden constitucional, serviciales al resto de los ciudadanos, eficaces hasta dar la vida en el empeño, silenciosas en el cumplimiento del deber, sin exigir honores ni reconocimientos, cumplidoras hasta el extremo de las misiones encomendadas, vigilantes  de la ley, abnegadas en el servicio.  Esos policías, que cobran sueldos de miseria de forma sufrida, son dignos de estar en un monumento representadas. Ya es hora de que las instituciones reconozcan en suficiente grado su dedicación e importancia para el mantenimiento de los derechos y libertades que disfrutamos.

    

Si un día, que Dios no lo quiera, Cataluña fuera independiente, serían los propios catalanes los que sufrirían el caos, el desorden, los abusos de autoridad de sus gobernantes, que ya enseñan la “patita”, el despotismo y la arbitrariedad de quienes detentaran el poder. ¿Alguien puede imaginar lo que pasaría si la CUP, pongamos el ejemplo, gobernara? Pol Pot o Corea del Norte serían una copia barata de lo que vivirían los catalanes. Organícense, catalanes silenciosos, den respuestas, pronúnciense.  En el peor de los casos España perdería una parte de su territorio históricamente vinculado. Sería un drama. Pero los que más lo iban a sufrir serán los propios catalanes. No sean ciegos. Miren lo que ocurre en sus propias calles. Dense cuenta. Ustedes, esa mayoría silenciosa tiene parte de culpa en lo que está ocurriendo, por no hacer nada.

 

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