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Carlos León Roch
Viernes, 22 de septiembre de 2017

"César Carlos"

Guardar en Mis Noticias.

En esta hora oscura en la que  los "trileros" amenazan la propia existencia de España  ante la anestesiada dejadez de la ciudadanía, el "tancredismo" del gobierno y el asombro mundial, resulta casi sonrojante mencionar que se cumplen 500años de la llegada a España (¡ya lo era plenamente!) del rey Carlos I.

 

En mi época juvenil, una asignatura del Preuniversitario se dedicó, exclusivamente, a estudiar su figura y su trascendencia para España y para el mundo. Porque aunque llegó de Gante apenas chapurreado el español, rápidamente sea imbuyó del  complejo de nuestras regiones, incluyendo a Cataluña, a la que habló en su idioma vernáculo.

 

Contemplar, 500 años después, las gestas de España produce legítimo orgullo. La expansión de lo hispano en América; las increíbles hazañas de Cortés, de Pizarro; la primera vuelta al mundo de Juan Sebastián de Elcano, las luchas contrala piratería bereber... y la defensa  del catolicismo "a toda costa", frente al pujante luteranismo      centroeuropeo.

 

Su reinado en España, y su imperio en el sacro imperio romano-germánico, fue el primer intento serio de conseguir la unidad política europea, y en ese  ilusionante proyecto España invirtió sus mejores bienes y sus mejores vidas. Fue el comienzo de tres siglos de gloria...y de dolor.

 

En esa lejanísima época en la que –entusiasmado- estudiaba a Carlos I de España y V de Alemania, muchos de mi generación asumimos que "aquello" (la expansión de  los valores hispánicos; la defensa del catolicismo frente a la herejía; la unidad entre hombres y tierras o la evangelización), constituían  nuestra misión como nación. Y que esa misión no se reducía a la admiración de un tiempo pasado, sino que se prolongaba en "aquel" presente".    Le llamábamos con Ortega –le llamamos- "proyecto sugestivo de vida en común"," algo que hacer juntos en la vida, en el mundo". También le llamamos "unidad de destino en lo universal".

 

Ahora, en la penumbra de este penoso atardecer, visitar en Yuste la última morada de Carlos I constituye un bálsamo  para la exigencia, un reclamo para la esperanza.

 

¡Ah! Mi centuria  juvenil de aquella época, en Cartagena, se llamaba "César Carlos".   

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 23 de septiembre de 2017 a las 11:13
Pedro I
los pelos como escarpias, buen artículo

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