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Carlos León Roch
Domingo, 24 de septiembre de 2017

El error de Felipe

Guardar en Mis Noticias.

 

No, no se trata de ningún error que haya podido cometer el rey Felipe VI; ni de los muchos que sí cometió Felipe González (¡sin comparación con los que cometen a diario sus sucesores...!). El error referido lo cometió Felipe II, rey de España.

 

Durante el reinado de Felipe II, España alcanza el cénit de su expansión mundial, el culmen de su poderío. Y Felipe, al contrario que su padre "el Cesar Carlos" fue un rey sedentario; jamás se puso al frente de sus ejércitos...sino delante de montañas de documentos, de informes, de proyectos...Apenas viajero, se vio asediado de innumerables problemas en Europa, en América, en Oceanía... Naturalmente, no disponía de "wasap", ni teléfono, ni transportes aéreos...  En  la península ibérica era rey de España...y de Portugal. También reinaba – claro- en Cataluña, donde comenzaban  a aparecer problemas...

 

Para intentar atender todas esas importantes cuestiones disponía de unos poderosos consejos territoriales en Flandes, en Barcelona, en Lisboa... ¡Ay, las distancias! Si en la actualidad la información es prácticamente instantánea, en el siglo XVI  era de unos 100Km/día, con lo que informar desde Barcelona a Lisboa requería más de diez días de "rápido correo".   

 

Ahí empieza su error.

 

La designación de Lisboa como la capital habría primado la actividad americana, facilitando la poderosa presencia de la España peninsular en los virreinatos, afianzando,  además, la unión ibérica, destruida durante su propio reinado..

 

Por otro lado, la  designación de Barcelona como capital habrá impulsado la acción en el mediterráneo, en las posesiones italianas y en la vigilancia del turco. La gran victoria de Lepanto no tuvo muchas consecuencias políticas favorables.

 

Esos grandes dilemas atormentaron  al rey; y el problema de las comunicaciones le empujó a "cortar por lo sano"...e instalar la capital en una pequeña población de 15000 habitantes, en el centro peninsular, en la villa de Madrid, que quedaba "solo" a cinco días de Barcelona y otros tantos de Lisboa.

 

¡Ah, si hubiera elegido Lisboa, posiblemente ahora nuestra nación sería Hispania, abarcando toda la península ibérica!

 

¡Ah, si hubiera elegido Barcelona, posiblemente ahora seríamos más mediterráneos, con más "seny", menos austeros!

 

Felipe II, el gran rey en cuyos dominios no se podía el sol, erró.

 

Curiosamente ahora, otro Felipe, aunque carente del enorme poder de su antepasado de la dinastía Austria, podía tener la oportunidad de enmendar, cinco siglos después, aquel error.

 

Los que ahora, ante una patética situación que puede superar el drama del 1898, continuamos amando a España "porque no nos gusta", en permanente exigencia de superación, lanzamos una flecha atrevida, esperanzada y exigente: no se trata de trocear más la soberanía española; no se trata de aumentar las desigualdades –ya escandalosas- en la financiación insolidaria e injusta de regiones ricas sobre otras pobres; no se trata de tolerar la exclusión de valores comunes y ancestrales, como la historia, la cultura o el idioma.

 

Por ahora no parece factible recuperar para esa Hispania global a Portugal, pero si  se puede evitar que, como le ocurrió a ella en el siglo XVI, se desgajara o –en el peor de los casos- sufriera  un atroz conflicto, Cataluña.  

 

Todavía estamos a tiempo de corregir el error del  gran Felipe II: El rey  Felipe VI puede propiciar trasladar la capital política de España a Barcelona...

 

¿Escándalo? No: esperanza.

 

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