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Pedro Conde
Viernes, 6 de octubre de 2017

Paños calientes democráticos

Guardar en Mis Noticias.

Preámbulo no previsto:

        

Estaba terminando este artículo cuando recibo la noticia de que el rey habla en Televisión. Creo que en su intervención ha dicho lo  que tenía que decir; algo que nadie del Gobierno había afirmado y definido hasta hoy con tanta rotundidad. Por cierto,  ya estaba tardando en manifestarse como suprema autoridad del Estado ante circunstancias tan apremiantes. Y no ha hecho otra cosa que señalar con el dedo acusador, de quien tiene autoridad y obligación constitucional para ello, a quienes han cometido tan graves delitos contra la nación española como es, entre otros, el de sedición. Nación a la que ellos mismos representan en Cataluña, de cuyo Estado son autoridades en esa Autonomía. Pero mantengo lo ya escrito porque quien ahora tiene la obligación de poner en marcha todo los mecanismos y acciones legales para castigar ese miserable y gravísimo delito con las penas previstas en la ley, lleva años consintiendo y engañando al pueblo español, amenazando pero no dando, con una cobardía que tiene a ese pueblo confundido entre el asombro y la rabia. Éste es el actual Gobierno de España. Para mí, a esta acertada intervención del Felipe VI le faltó esta coda: “Ya he dicho lo que teníais que haber dicho vosotros hace tiempo. Ahora España y el mundo entero saben por mi boca quiénes son los delincuentes y los delitos cometidos. ¡Poder Ejecutivo!, te he dejado el camino expedito para llevar a los sediciosos a la cárcel y que paguen, además, por otros delitos acumulados”. Este podría haber sido el final.

     

Texto del artículo anunciado arriba, PAÑOS CALIENTES DEMOCRÁTICOS.

    

Los paños calientes son los viejos remedios de aquella medicina casera de los tiempos de Maricastaña. Más, ¡quién nos iba a decir que en el siglo XXI tan doméstica panacea iba a tener su ridículo y esperpéntico remedo en la aplicación a los graves males de la alta política! Nada más y nada menos que a una vieja y doliente nación a la  que quieren descuartizar, quebrar y destruir sus enemigos, no se les ocurre, a quienes deben evitarlo, otra solución que aplicar a tan grave afección y emergencia paños calientes untados en democracia. En la dialéctica unidad nacional y democracia frente a democracia sin unidad nacional, no puede haber ni una sola duda por el término a elegir: no hay democracia sin unidad nacional. Es un principio irrenunciable porque en él nos va la subsistencia como nación. Esta enfermiza España ¿está para pañitos calientes? Qué si diálogo con los sediciosos, qué si buenas formas frente a los violentos separatistas, qué si más dinero para que se callen, qué si no mentar sus latrocinios, sus incumplimientos constantes de las leyes y sentencias de los tribunales, qué si ocultar que están envenenando en sus escuelas autonómicas las almas de inocentes niños y deformando a las nuevas generaciones… En definitiva, que nos están partiendo la boca y encima tenemos que sonreírles con los labios llenos de sangre, para que no se vayan. ¿Cómo?, ¿qué no se vayan? De lo que se trata no es de que no se vayan, se trata de echarlos a las mazmorras por delincuentes, canallas, sediciosos, matones, estafadores de la hacienda pública y común de todos los españoles; trasgresores de las leyes, ofensores de las fuerzas del orden, cínicos, mentirosos, robadores y tergiversadores  de la Historia, conniventes con asesinos… Son tantas las aristas que adornan a esas “joyas” independentistas que recogidas por los códigos penales y civiles y englobados sus años de cárcel por la acumulación de delitos que les conciernen, darían, con mucho, margen para cadena perpetua sin revisión posible por la suma de intensidades delictuales de los mismos.

    

“¿Pañitos calientes a mí y con celulosa democrática?”, se ríe el separatista desafiante. Y se lo escupe en la cara a quien tiene todos los atributos (al menos legales, no sé otros), de autoridad y legitimidad, respaldado por todas las leyes del Estado, empezando por la Ley de Leyes, la Constitución, y puede y debe  castigarlo con las penas previstas para tales delitos. Pero no, hasta ahora. Tan altas instancias se olvidan del sagrado juramento que hicieron al subir a ellas, de cumplir y hacer cumplir las leyes del Estado y su nación. Parece, por el contrario, que quisieran hacerlo con otro juramento, el hipocrático de los galenos, para  comprometerse a curar flemones. ¿A ver si es que para España todos sus males y dolencias se reducen a una “flemonitis”? La verdad es que de abscesos de pus está plagada. La abundancia de materia purulenta que le sale por los poros de su Piel de Toro proviene de las abundantísimas y podridas células políticas.

    

Pues bien, si los paños calientes sirven, sobre todo, para risa y cachondeo de los villanos separatistas, hablemos de los remedios serios que se deben aplicar en estos extremos a que han llegado las dolencias de nuestra Patria, España.

    

Es de temer que un equipo de eminentes hombres de la medicina, para una enferma a la que, por descuido, incompetencia, vagancia, dejar hacer, connivencia forzada, etc., se le ha abandonado hasta este límite, se negara a sanarla con sólo medicamentos específicos sin que la solución propuesta para el caso concreto no fuera la de una dolorosa cirugía con bisturí.

    

Podré estar equivocado, como ciudadano de a pie y lego en medicina, en el remedio, pero como español olfateador de la política que ve a su Madre Patria postrada en el lecho y tan enferma, pediría al cirujano jefe de ese equipo de especialistas en operaciones especiales que metiera el bisturí hasta el fondo para liberarla de la ponzoña que corroe su cuerpo.

    

¿Pañitos calientes democráticos? Qué carcajada se echarían los cirujanos si se me ocurriera proponerles tales pañitos como remedio para mi MADRE en ese estado casi terminal. Se pasó el tiempo, me dirían. Y, la verdad, una de las cosas que más me encocoran es que se rían de mí por ridículo.

    

    

    

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