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Sergio Pérez-Campos
Viernes, 13 de octubre de 2017

Un hombre bueno

Guardar en Mis Noticias.

 

Reventado casi por completo por la esperpéntica situación de Cataluña, voy a aprovechar la ocasión para cambiar el tercio y, para aligerarme la sangre, y dedicar unas palabras a un hombre de bien que nos dejó hace muy poco.

 

David Trueba le inmortalizó recientemente en una película que narraba la rocambolesca historia de su encuentro con John Lennon, mediados los sesenta, y en el que arrancó al beatle la promesa de incorporar a sus discos las letras de las canciones.

 

Pero para los cartageneros la figura de Juan Carrión es mucho más, y creo que no sólo para los que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos. Pese a que se ha hablado mucho de él durante las últimas semanas, yo no podía eludir la tentación de aportar mi testimonio personal, y resaltar los aspectos que más me impactaron de su personalidad.

 

Le conocí en 1978, en la Escuela de Comercio, donde me impartía clases de Literatura e Inglés. En ambas asignaturas se plasmaba su originalidad y su pasión por la docencia. Y también algo que recordaré siempre con gratitud: Su infinito amor por Cartagena.

 

Muy dado a las digresiones, Cartagena era uno de los temas recurrentes. Cuando hablaba de nuestra trimilenaria ciudad, se apasionaba y nos decía, un tanto alterado “ustedes no se dan cuenta de lo que tienen, Cartagena es una ciudad maravillosa, y yo, que no nací aquí, estoy completamente enamorado de ella”. Las mejores historias de amor son las de los amores correspondidos; por eso, esta historia fue de las hermosas. Porque Cartagena supo entender a este hombre peculiar, inteligente, original y generoso, adoptándole con el amor voluntarioso de la madre por el hijo que la elige.

 

Nunca olvidaré las libretas de “trucos”, ni la forma en que te llamaba “idiota” si te olvidabas de llevarla a clase; ni su risa picarona, ni la ilusión con la que nos hacía ensayar las canciones de los Beatles, o los villancicos en Inglés, para que en Navidad se los cantáramos a los viejecillos del asilo, a los que agasajábamos con la música y otros regalos.

 

Ni olvidaré su aspecto desaliñado, sus mangas manchadas de tiza e incluso, en alguna ocasión, su bragueta abierta, y su perro entrando en clase medio minutos detrás de él. Ni tampoco alguna noche disparatada de fiesta. Ni tantas cosas.

 

Siempre que con mi hermano y mi cuñada hablamos sobre Juan, acabamos desternillados de risa, recordando tantas anécdotas disparatadas. Juan nos dejó una amistad entrañable, y la satisfacción de haber sido alumnos de un Maestro con mayúsculas.

 

Sé dónde está ahora nuestro amigo. Ahí donde van los buenos. Estoy seguro de que ya habrá revolucionado el lugar, y de que ya sonarán por allí canciones como “Michele”, “Yesterday”, o “Yellow submarine”. Y las risas cuando alguien prolongue provocadoramente su frase del quinto día de Navidad.

 

Y aunque aquí abajo su ausencia nos haya dejado algo tristes, no dejo de pensar en lo privilegiado que fui por gozar de la amistad de una persona irrepetible, pero sobre todo, un hombre bueno.

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