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Pedro Conde
Miércoles, 18 de octubre de 2017

LOS JESUITAS Y HERODES

Guardar en Mis Noticias.

 Era el año de 1950, Monasterio medieval de San Salvador en Oña, Burgos. 10 años tenía cuando ingresé para ser jesuita; por vocación de mi madre que no mía. Deseaba ardientemente ver a un hijo “jesuita, misionero y predicador”. Y de siete hijos se fijó en el sexto. Me tocó la china. Recuerdo perfectamente al padre Agustín Legórburu, con su cojera, maestro de apostólicos. Así se llamaban los aspirantes a ser religiosos de la Compañía de Jesús, S.J., “Societatis Jesus”, en esa primera etapa de formación, equivalente al bachillerato del Estado. Después de cinco años de tales estudios venía el noviciado, ya con su traje talar o sotana, con la que nunca me vi revestido ni indentificado; por eso mucho antes me di el piro. Acerté. No tenía ninguna vocación; aunque di un terrible disgusto a mi madre; hace cincuenta y nueve años difunta, muerta el mismo día en que yo cumplía 16 años. Mi padre había fallecido cuando yo estaba en los 7 años. A aquella edad de mis diez años tenía y sentía perfectamente mi verdadera vocación. Justamente la que reflejo hoy en mis escritos y conversaciones. Inocultable. Era mi propia madre la que me la había inoculado en el alma al enseñarme e infundirme su amor a España, así como la profunda admiración por José Antonio Primo de Rivera. Por cierto, habían nacido el mismo año, 1903. Eran quintos. También la tenía por Franco, del que decía era el Caudillo que había salvado a la Religión y a España. Esto a pesar de los sufrimientos, con un fusilado de por medio, que algunos de aquellos caciques franquistas habían infligido a ella y a la familia. Es largo de contar. Dejémoslo para otro momento. Se definía católica, apostólica y romana a machamartillo.  No previó que de su deseo de tener un hijo “jesuita, misionero y predicador”, iba a quedar sólo este último, si es que así se puede llamar, predicador, a un laico que discursea y predica en todo momento por su Patria, Una, Grande y Libre.

 

             Habían pasado once años desde la Guerra Civil de 1936. La efervescencia patriótica que se vivía por los ganadores de aquélla, los nacionales, lo llenaba todo y llegaba a todas las partes. La Iglesia Católica era coprotagonista de aquel fervor en la actividad política misma. No había acto público en que no estuviera presente. No en vano ella misma había dado el nombre de Cruzada a aquel conflicto entre españoles. Y no en vano había tenido miles de asesinados: obispos, sacerdotes, religiosos, monjas, simples creyentes, a los que el lenguaje oficial de la Iglesia denominaba y sigue denominando mártires. Los últimos Papas no han dejado de beatificar o canonizar a muchos de aquellos hombres y mujeres que dieron la vida por su fe católica. El entusiasmo y religiosidad era, como es lógico, especialmente activo y con papel protagonístico en las órdenes e institutos religiosos. La Compañía de Jesús, los jesuitas, no se quedaban atrás. Algunos de ellos, como el padre Fernando Huidobro Polanco, que fue capellán de la Legión, 4ª Bandera, murió como un héroe ejerciendo su misión sacerdotal y humanitaria de capellán en el frente de batalla. Al incorporarse a esa misión sagrada había escrito desde Bélgica al Padre General de la Compañía: “Creemos que la guerra será larga; y yo pienso ser conforme a nuestra tradición y espíritu de la Compañía de Jesús el irme a España”.

            Este ardor religioso-patriótico es el que yo percibí y viví en aquel monasterio de Oña, niño de 10 años. Del citado padre Agustín Legórburu recibíamos en las horas de asueto y paseos la mayor influencia. Nos contaba las hazañas, las heroicidades de aquellos soldados nacionales que habían combatido en aquella reciente guerra civil. A mí se me sumaba tal enardecedor bagaje de historia patria al ya recibido en la propia familia.

            Han pasado sesenta y tantos años de aquellas vivencias en el colegio de los jesuitas. ¡Cómo han cambiado las cosas, los pensamientos, fervores y conductas! Hace unos días se publicaba en el diario El Mundo que en un colegio de jesuitas, en Cataluña, a niños de siete o pocos más años se les inculcaban ideas rupturistas, separatistas, de odio hasta la muerte, contándoles a modo de cuento la ejecución de un rey y sus guardianes por malos, a los que venía a ejecutar un rey bueno. Entre esos colegiales hay hijos de guardias civiles y policías.

 

            Como denuncia dicho periódico, allí se han conculcado los derechos humanos, la Constitución, la Lomce, la Ley de Enjuiciamiento Civil, la Ley de Protección del Derecho al Honor, la Ley de Protección de Datos, el Estatuto Básico del Empleo Público. ¿No es propio de rufianes y no de docentes todas estas transgresiones?

            Todo un adoctrinamiento político parcial, tergiversador, canalla y envenenador de almas inocentes. Estas son algunas frases insidiosas dirigidas  a los hijos de los agentes, culpando a sus padres por intentar restablecer el orden subvertido por los golpistas: “Todo esto sucedió porque la Guardia Civil pegó a la gente”; “hijo de puta, fascista, asesino”, dicho al hijo de un agente; “facha”, a otro; “los únicos buenos son los Mossos”; un profesor a otro niño: “estarás contento con lo que ha hecho tu padre”; “fuera las fuerzas de ocupación”…

            Aquel bellaco y maligno rey Herodes, según el Evangelio, aniquiló físicamente a decenas de niños, asustado de que alguno de ellos podría quitarle el trono.  Pero no es menos maligna la conducta de envenenar el alma de los niños inoculándoles el odio, basado además en mentiras, calumnias, deformaciones históricas, racismo… ¡Jesuitas! ¿Éstas son ahora vuestras enseñanzas? Herodes asesinó los cuerpos. Vosotros, al menos una parte de vosotros, habéis consentido que se asesinen moralmente almas de inocentes. No escaparéis al Tribunal de Dios al que apelaban para los pecadores, vuestros antepasados en religión, los predicadores de aquella Iglesia Católica, que hacían encoger de pánico la mente, el cuerpo y el espíritu de los fieles con las eternas condenas al fuego del Infierno.

 

            ¿Será cierto que algunos o muchos de los miembros de esa Compañía de Jesús no practican el espíritu jesuita de San Ignacio de Loyola sino el jesuítico, disimulado, hipócrita, del que sus enemigos la vienen acusando de largo tiempo?

¡Ay!, si levantara  la cabeza el padre Agustín Legórburu, jesuita, vasco y español y viera este insufrible espectáculo.

         

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2 Comentarios
Fecha: Miércoles, 18 de octubre de 2017 a las 20:49
NUÑO DE CASTRO
Entiendo que el autor del articulo no acusa a todos los jesuitas. Conozco a alguno como Fernando García de Cortázar, eximio historiador, que es español hasta la médula y perseguido por la ETA en su tiempo.
Sin embargo, es verdad que ha habido otros jesuitas que no han practicado el primer mandamiento de Cristo: "Amaos los unos a los otros". Precisamente,hablando de ETA, creo que es Jon Juaristi el que cuenta en su libro EL BUCLE MELANCÓLICO que uno de los primeros alijos de armas de aquélla se guardó en la sede de los jesuitas en Bilbao, allá por los sesenta del siglo pasado.
Fecha: Miércoles, 18 de octubre de 2017 a las 13:24
Madeleine7
Yo fuí educada por Jesuitas. Eran "hombres santos," nada que ver con los "hijos de satanás ," de los "jesuitas," de hoy en día. ¡Hasta el Papa, es anti-cristiano y pro-izlam!

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