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Honoiro Feito
Jueves, 19 de octubre de 2017

EL PODER, EL DINERO Y LA CONSTITUCIÓN

Guardar en Mis Noticias.

 

Los españoles somos víctimas de una pesadilla. Nos persigue el monstruo para devorarnos y no acabamos de despertar. En este estado de cosas, y ante tanta contradicción, Rajoy y Sánchez, que pasarán a la historia como dos de los ejemplos (no los únicos), de mayor nivel de ineficacia política, parecen haberse puesto de acuerdo, por una vez, para acometer una vieja aspiración socialista: reformar la Constitución. Al primero no le interesa, pero parece comprometido; el segundo persigue ese objetivo para acomodar a los nacionalistas; en vano, añado por mi cuenta, porque siempre pedirán más; para Ciudadanos es importante si consigue que la reforma electoral les dé más escaños con el mismo número de votos, lo que también valdría para Podemos y los partidos minoritarios, incluidos los nacionalistas… pero justo todo esto es lo que no quieren los españoles. Los españoles quieren un Estado fuerte, capaz de controlar el desmadre autonómico en el que nos metieron en 1978 el entonces Rey, el amigo Suárez, Clavero Arévalo y los demás.

 

Desde mi punto de vista, esta Constitución empezó mal, se desarrolló peor y llega a esta segunda década del siglo XXI entre la agonía y la realidad de ver a España a punto de romper su unidad de siglos. Esta Ley de leyes de 1978, al igual que ocurriera con la primera de 1812, la popular Pepa, divide a los españoles en dos grupos. Si aquella los fraccionó en liberales y absolutistas, dando comienzo a un debate que aún continúa, aunque con otras denominaciones, la actual, a través de los artículos 143 y 151, estableció el modelo de Estado según el cual los españoles de primera recibieron sus competencias autonómicas inmediatas, a través de la disposición transitoria segunda del Artículo 151, mientras que al resto de los españoles se les aplicó el Artículo 143, que requería de un periodo de adaptación de cinco años.

 

Recuerdo a Fraga Iribarne montar en cólera, en una rueda de prensa, después de un acto previo al referéndum constitucional, cuando le preguntamos qué recomendaba él a los votantes de Alianza Popular, su partido de entonces, porque durante su disertación había dicho que decir sí que la Constitución (él fue uno de sus redactores), significaba aceptar cosas malas que la Constitución tenía, y decir que no significaba negar cosas buenas que la Constitución también tenía. Con la bronca, nos dejó sin saber qué deberían hacer  sus  votantes. Aprobado y sancionado el texto constitucional, el desarrollo del proceso autonómico se hizo como moneda de cambio para una dudosa estabilidad amenazada por catalanes y vascos, principalmente, y el proceso ha llegado a embaucar al resto de regiones, que al principio no albergaron interés alguno por este tema. Pero poder es dinero, y viceversa. Los diferentes gobiernos de la Administración Central, con tal de que todos tomaran café (“café para todos” ¿recuerdan?), cedieron y cedieron pensando que la bicha se llenaría algún día, y resultó que no fue así.

 

¿Reformar la Constitución?, creo que la inmensa mayoría de los españoles están de acuerdo en reformar la Constitución. El problema es coincidir en qué habría que reformar, qué artículos convendría redactar de nuevo y en qué términos. Porque, mientras una gran mayoría de españoles parecen coincidir, también, en que lo ideal sería recortar, incluso anular, algunas transferencias cedidas a las administraciones autonómicas, muchos otros –especialmente, los políticos- piensan todo lo contrario. ¿Por qué no someten a referéndum qué artículos y disposiciones cabría modificar en la Constitución actual, puesto que la medida nos afecta a todos? Pues porque a la clase política los recortes les privarían de acceder a cargos y repartir prebendas, supondría adelgazar el modelo político-administrativo de su comunidad y recibir menos asignación económica. El dinero es poder y viceversa.

 

Los despropósitos que vemos cada día en las noticias son las consecuencias de haber dejado en manos de cualquiera los asuntos de los españoles, que el Estado ya no puede garantizar. Nadie debería mostrar sorpresa por ello, porque algunos llevamos décadas avisando y denunciando, mientras que la clase política, y la periodística que abreva en sus fuentes, nos caricaturizaban y se mofaban de nuestras advertencias. La manipulación de la educación en Cataluña no es el único caso. Hemos visto el comportamiento de los Mossos. Las lenguas locales –no entraré en el debate de si lengua, dialecto o jerga- se vienen utilizando, con mucho dinero por parte de los mandarines autonómicos, como elemento distorsionador y no de cultura, y encuentra en las escuelas y en las televisiones autonómicas los vehículos para su desarrollo, al tiempo que se ningunea el estudio no ya de una lengua extranjera, sino del castellano como idioma oficial de España.

 

Voy con otro ejemplo: para un asegurado de la Seguridad Social conseguir un medicamento a través de una receta en una Comunidad Autónoma diferente a la suya es un reto aun habiendo cotizado durante décadas… El aprovechamiento de los recursos naturales excedentes en unas comunidades y deficitarios en otras, no constituye un ejercicio de solidaridad o prioridad entre las Autonomías.

 

El desarrollo del Estado Autonómico ha generado un caciquismo capaz de impulsar a los mediocres a cargos de relativa responsabilidad, dejando ver lo precario de sus condiciones para tales exigencias. Dinero es poder y viceversa.

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