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Pedro Conde
Viernes, 27 de octubre de 2017

EL REY Y EL REPUBLICANO

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   El rey es naturalmente Felipe VI, que sólo es uno, y el republicano soy yo con otros muchos. Ahora voy a escribir y expresarme sólo en mi nombre; a dar mi particular opinión, aunque pueda haber, y los habrá, republicanos que no estén de acuerdo con ella.

 

            Desde la intervención, inesperada para mí, que tuvo el día 3 de este mes en la televisión, se me había abierto una ventana de serena y expectante atención hacia el actual Jefe del Estado. Aquel fondo de las palabras dichas y aquella música de las formas me gustaron. Es más, me sorprendieron por cuanto no esperaba de este Borbón mucho más que de lo que hemos sufrido al resto de ellos en la Historia de España, con rara excepción. Pero no. Hubo empaque, hubo postura y gestos de autoridad, de decisión y de severa advertencia contra dos protagonistas de la triste, inquietante y desgarradora Historia presente de España. Las palabras, el contenido, la carne del discurso, el fondo de la cuestión, venían a dejar todo claro. 

            Fue tanto el contraste de este pequeño y corto, pero nutrido discurso, con el culebreo, los zigzag, la sinuosidad de las intervenciones que durante tanto tiempo vienen mostrando sobre la tan grave cuestión de Cataluña los otros poderes del Estado: Gobierno, partidos, sedicentes líderes políticos, que me impactó hasta el extremo de ir siguiendo las palabras Felipe VI ante el televisor con monosílabos como estos, “sí”, “eso es”, “exacto”, “muy bien”; hasta creo que se me escapó un “formidable”. De testigo, mi mujer que también soltó similares monosílabos aprobatorios.

            No me he hecho monárquico, imposible, pero nobleza y solidaridad obligan cuando tan grande causa unen a todo un rey con un simple ciudadano que por principio irrenunciable, por convencimiento, es republicano.  Ésta es la causa: La unidad de España, nuestra Patria, que está por encima de toda forma de Estado.

            Es que suscribí y suscribo la breve, veraz y exacta alocución patriótica del principio al fin. ¡Cómo no, con aquellas frases y verdades acusatorias dichas con la autoridad  y legitimidad que corresponden al Jefe del Estado, garante de esa Unidad y al frente de las Fuerzas Armadas, como su Capitán General!

            He aquí, como recuerdo, lo más importante del contenido. Levantó la voz sobre la ilegalidad de la proclamación de la independencia de Cataluña. Denunció el reiterado, consciente y deliberado incumplimiento de la Constitución y el Estatuto de Cataluña. Habló de “deslealtad inadmisible”; del quebrantamiento de los principios democráticos del Estado de Derecho, dividiendo a la sociedad catalana; de la conducta irresponsable con riesgo de la estabilidad económica y social de España y Cataluña; del inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña; de autoridades que se han situado al margen del derecho y la democracia; del intento de quebrar la unidad de España y la soberanía nacional. Dicho todo esto, recalcó después la extrema gravedad de la situación, por lo que añadió que “es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional”. Aquí entendí que el mensaje iba en dos direcciones; una, contra los delincuentes golpistas y, otra, hacia el Presidente del Gobierno con una especie de “Escucha, Mariano Rajoy Brey, tienes la obligación de aplicar de una maldita vez las leyes. Basta de dudas y dilaciones”. Finalmente envió un mensaje de tranquilidad a los millones de catalanes españoles y al resto de los compatriotas, terminando con estas palabras llenas de responsabilidades: “…subrayar una vez más el firme compromiso de la Corona con la Constitución y con la democracia, mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles, y un compromiso como Rey con la unidad y permanencia de España”.

 

            Han pasado unos días. Y las muy buenas sensaciones que me había dejado el discurso, se han confirmado en la entrega de los Premios Princesa de Asturias. El rey se ha ratificado en su firme compromiso con la unidad de España. Definitivo impulso y presión para que al día siguiente, el Consejo de Ministros, con el Presidente a la cabeza, hayan acordado la muy esperada e inaplazable aplicación del artículo 155 de la Constitución. La cosa, en mi opinión, no es para lanzar las campanas al vuelo pero tampoco para regatear un ligero repique de campanas. Se pone en marcha, y es mucho, el proceso para atacar el grave problema del secesionismo. Ahora bien, poner el límite de esa aplicación en seis meses para solucionar un problema que se inició hace cuarenta años, que, como un gigantesco árbol del mal ha echado raíces por toda la geografía y sociedad catalana, parece muy poco tiempo para solucionarlo. Esperemos que la propia entidad de tal problema haga ver a los gobernantes del Estado las tremendas dificultades de erradicarlo totalmente y en tan corto plazo. Hay que extirparlo para que no quede una sola mala célula que, como la de un cáncer, pueda dar lugar a su reproducción. Es hora de que los políticos con altas responsabilidades de gobierno actúen de una vez y para siempre  como hombres de Estado ante el secular conflicto de Cataluña, creado artificialmente por los intereses egoístas de sus sucesivas burguesías en todo ese tiempo.

          

  ¡Ah! Y que la aplicación del famoso artículo, que supone, entre otras cosas, la separación de sus puestos de los actuales representantes del Estado español en Cataluña por sus conductas delictivas, nefandas y villanas, no se olviden por jueces y tribunales los incumplimientos de la leyes, las trasgresiones y las descaradas y desafiantes desobediencias que en todos estos años han venido cometiendo tales responsables. Lo contrario no le libraría a nuestro Estado de Derecho de ser considerado un Estado fallido por el pasado delicuencial de unos auténticos botarates, mangantes y saqueadores, que quedarían sin castigo. “Dura lex, sed lex”, dura es la ley, pero es la ley, decían los romanos.

            Ha sido, en definitiva, Felipe VI la palanca y acicate que levantó la moral y empujó al pueblo español a salir con sus banderas a la calle desde aquel día. Ha sido el rey quien leyó la cartilla a unos políticos remolones y con serias dudas de que reúnan las virtudes suficientes como para saber gobernar la antigua, compleja y grande nación española.

         

   Por mi parte, y por ahora, la república puede esperar.

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1 Comentario
Fecha: Viernes, 27 de octubre de 2017 a las 10:14
Pedro de Mendaña
Yo que soy tan republicano como el autor que escribe el artículo, lo firmo de la A a la Z. Estoy de acuerdo. Se trata de salvar lo más importante de una nación, su UNIDAD. Y si es en estos momentos un rey el que se pone al frente de tan honroso empeño y empresa, aparto mi republicanismo para ponerme a su lado.
Como dice al final del artículo, por esa causa, la futura república puede y debe esperar su momento. Este es el de todos los españoles sin distinción de creencias políticas ni formas de Estado. ¡TODO POR ESPAÑA!

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