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Josele Sánchez
Viernes, 3 de noviembre de 2017
Algún día el mundo podrá mirar a los ojos del pueblo palestino sin sentir vergüenza

Cien años de la Declaración Balfour

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Pese a la gran mentira sionista resumida en un slogan que se hizo célebre “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, hace cien años habían una tierra, Palestina, en la que habitaba un pueblo: el pueblo palestino. Ahora se cumplen cien años del mayor expolio internacional: la Declaración Balfour. Hasta entonces, hasta el año 1.917, Palestina era la patria conocida desde siglos, que delimitaba claramente un territorio geográfico entre las aguas del Jordán y del Mediterráneo, entre las montañas de Galilea y el desierto de Sinaí; un espacio cultural y una comunidad histórica. Es decir (a diferencia de las mentiras que ahora vivimos con el falso historicismo nacionalista catalán) todo aquello que no pueden inventar los historiadores a sueldo, porque lo han ido construyendo los hombres durante los siglos, todo eso que conforma de verdad una nación y que, ya en el siglo XIX, dentro de la provincia siria del Imperio Otomano recibía el nombre de Palestina. Y es que hace cien años, todavía, Palestina era la patria en la que vivían los palestinos. Así de simple. Y así de complejo.

 

Pero en esta tierra, que es la historia misma de la humanidad, comenzaron en 1.880 a llegar los primeros colonos judíos para instalarse en unos terrenos adquiridos por el barón británico Edmond Rothschild, como si la tierra de otros pudiera comprarse sin que sus verdaderos propietarios la vendieran. Así dio comienzo el movimiento sionista en Palestina. Y miren en dónde estamos. Porque el conflicto no ha acabado ni acabará en un plazo razonable de tiempo. Ahora hace cien años que el ministro de exteriores de Su Graciosa Majestad, Sir Arthur James Balfour, de su Majestad Británica, comprometió el apoyo incondicional del Reino Unido a la colonización sionista con el objetivo de crear un estado judío en Palestina. Es decir, todo decidido sin contar con los palestinos y, aún más, a espaldas del pueblo palestino. Y crear un estado judío no significaba un problema religioso para los palestinos como se nos ha intentado hacer creer. Crear un estado judío representaba la expulsión de la mano de obra palestina o, lo que es lo mismo, la negación del pan y el sustento para todo un pueblo: la expulsión de familias campesinas de las tierras que habían sido de sus abuelos y de sus tatarabuelos. Y ustedes escucharán, como argumento incisivo hasta la saciedad: también había judíos en Palestina. Sí, los había, en torno a cinco de cada cien seres humanos de los que habitaban esas tierras eran judíos de raza pero su lengua y su cultura también eran árabes y formaban parte activa y absolutamente integrada en la comunidad. Quiero decir, como primer argumento: es falso que el racismo fuera detonante de nada en el conflicto de Palestina. Muy al contrario, lo que se produce es el legítimo derecho de defensa de un pueblo ¡que no es judío en más del 95 % de sus habitantes! y a los que, por un contrato de compra-venta (¿quién puede comprar o vender la patria de otros?) se les entrega a un proyecto sionista de creación de un nuevo estado judío al servicio de las grandes potencias europeas del momento. Eso fue el inicio del expolio: la Declaración Balfour de la que ahora se cumplen cien tristísimos años teñidos de sangre y dolor.

 

Ahora se cumplen cien años de la entrada de las tropas británicas en Jerusalén, comandadas por general Allenby que se convirtió en el administrador de facto de Palestina cinco años antes, incluso, de que así lo aprobara la inservible Sociedad de Naciones -tan inservible y tan prosionista como la actual ONU- que vino a establecer el Mandato de Gran Bretaña sobre Palestina con la excusa retórica de siempre: “hasta que su población pueda acceder a la independencia”. (¿No les recuerda esta frase a la de la ONU respecto al antiguo Sahara español? Pues ahí siguen, los pobres saharauis esperando hacerse mayores para poder acceder a su propia independencia).



Pero los organismos internacionales (ya sea la antigua Sociedad de Naciones o la actual ONU) pueden aprobar resoluciones pero no consiguen cambiar los sentimientos de las personas ni desposeerles de su dignidad. Por eso, desde el primer momento, el pueblo palestino rechazó el dominio inglés por mucho mandato internacional que tuviera, el pueblo palestino que, ya entonces tenía también un 13% de cristianos absolutamente identificados con sus hermanos árabes porque, como ya dije antes, la causa Palestina nunca ha sido un problema racial ni religioso sino nacional.

 

Desde entonces jamás cesó, hasta hoy, la resistencia del pueblo palestino, primero más primitiva y después más organizada, pero siempre en pie contra el imperialismo colonizador. Una resistencia que no cesará hasta que Palestina reencuentre su patria y hasta que el mundo, también, pueda mirar a los ojos del pueblo palestino sin sentir vergüenza.

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1 Comentario
Fecha: Viernes, 3 de noviembre de 2017 a las 20:50
Aisha Jalaf
Gracias Josele por no olvidarte del pueblo palestino

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