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Manuel Parra Celaya
Domingo, 5 de noviembre de 2017
Artículo de Manuel Parra Celaya para LTCT

PUENTES DE PLATA

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PUENTES DE PLATA

 

                El pasado jueves no sabíamos aun qué nos causaba más estupor: si el aparente triunfalismo de los poderes del Estado, con sus reiteradas declaraciones de normalidad institucional en Cataluña o la aparente calma de los separatistas, que, perfectamente organizados por el Ómnium y la ANC, preparaban sus futuras acciones, en función de cómo se desarrollaran los acontecimientos en el ámbito judicial. Ahora, con los encarcelamientos preventivos, ya tenemos alguna prueba en este segundo ámbito, con movilizaciones de masas, cortes de carretera y amenazas de violencia por parte de la CUP.

            Nunca se habían vivido tan intensamente las dos realidades que conforman la vida catalana: por una parte, la real, la cotidiana en la calle, en la que los ciudadanos hacen su vida como si aquí no hubiera pasado nada; van a sus quehaceres y compras, toman su café o su cerveza en el bar de la esquina y salen en sus vehículos para aprovechar, por ejemplo, un soleado Día de Todos los Santos. Por otra parte, la virtual, la de ese mundo político o politizado que nos causa ese estupor, en el que los secesionistas celebran paros simbólicos en las oficinas de las instituciones públicas, salen a la calle para manifestar su protesta y, mientras, donde cada uno de los estados mayores intenta mover sus fichas en la lenta partida de ajedrez en la que se juega, nada menos, la supervivencia de un Régimen y, lo que es peor, la unidad de España y la de la propia Europa, amenazada también por las andanzas y contactos en Bruselas del (supuesto) prófugo y de sus amigos eurófobos.

            Entre las personas cunden todo tipo de comentarios, pues el tema sigue ahí, de fondo, como una sensación de angustia permanente y de tensa espera de acontecimientos; claro que los diálogos se producen siempre en los respectivos marcos de identificación ideológica, pues las dos sociedades catalanas escindidas siguen enfrentadas y casi sin intercambiar palabra entre ellas; una mínima y helada cortesía preside los escasos contactos entre ellas, con algún amago de enfrentamiento.

            El segmento secesionista no ha arriado ni mucho menos sus esteladas y sus aspiraciones; todo lo más, teñidas de algo de escepticismo; sus líderes, mientras intentan caldear las calles, ya han anunciado que acudirán a las presurosas elecciones prenavideñas de Rajoy como una reválida de la república catalana proclamada la pasada semana; eso sí, están pendientes de las intrincadas maniobras legalistas de tribunales, fiscales, jueces y abogados, que contribuyen a sostener las noticias de actualidad de telediarios, periódicos y redes sociales.

            El sector unitario o constitucionalista -yo prefiero llamarlo español, sin más apelativos- tiene cada vez más la creciente sospecha de que el Ejecutivo y el Judicial van a tender puentes de plata a un adversario al que han considerado, prematura y erróneamente, derrotado; traducido en román paladino, el pueblo español empieza a tener la mosca detrás de la oreja de que sus gigantescas y entusiastas manifestaciones por calles y plazas sean tomadas, sencillamente, como claque, más o menos del mismo modo que decían que consideraba Franco al Movimiento.

            Y esta sensación puede ser muy peligrosa, de persistir y confirmarse, ante la convocatoria electoral, pues volvería a cundir el desánimo y el retorno a los cuarteles de invierno familiares, y con ella la abstención, de cundir las voces que demuestren que la alta política vuelve a jugar a espaldas de los sentimientos populares, especialmente de los que se han expresado en forma de un patriotismo español, hasta ahora controlado y adormecido por el propio Régimen en peligro.

            Todo esto son especulaciones personales, claro, pero la simple duda de la existencia de enjuagues y pactos bajo mano, si cunde entre los españolitos de a pie, haría que estos volvieran a guardar en sus cajones las banderas rojigualdas y limitarse a hacer un corte de mangas a los partidos traidores y al Régimen amenazado, dejando el terreno libre a los adversarios que, aun con sus líderes enjuiciados, han aceptado el reto electoral desde el primer momento.

 

 

 

 

 

 

 

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