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Sergio Pérez- Campos
Jueves, 9 de noviembre de 2017

Las tinieblas belgas

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Cuando Joseph Conrad se adentró en el corazón de las tinieblas humanas, lo hizo a través de un relato que se basaba en uno de los episodios más cruentos y horrorosos de toda la Historia, la explotación de los congoleños a manos de los belgas entre finales del XIX y comienzos del XX, en el que fue el cortijo particular de Leopoldo II, rey de Bélgica.

 

La crueldad y la magnitud de aquel genocidio, el refinamiento de las torturas, la salvaje explotación a manos de quienes habían proclamado cínicamente sus intenciones de sacar de la miseria a aborígenes, la incalculable pérdida de vidas humanas siguen causando estupor más de un siglo después.

Parte de la inmensa fortuna que amasó el rey belga con la sangre de los congoleños, fue destinada a grandes obras públicas, dándose la siniestra circunstancia de que el Palacio de Justicia de Bruselas se construyó con los beneficios del inhumano negocio. De Justicia, sí, así se llama.

 

Convendría recordar con más frecuencia hechos como éste, o como el genocidio armenio, o el camboyano, o las ignominias cometidas por holandeses, ingleses o franceses allá donde pusieron sus botas opresoras, porque como español empiezo a estar más que harto de recibir lecciones de humanidad del tiñalpa de turno.

 

A fuerza de reiterar de forma parcial determinados crímenes, dejamos que otros caigan en el olvido, y sus perpetradores terminan por adquirir una cierta carta de credibilidad ante esas masas que jamás abren un libro de Historia. Cuando vean “Apocalypse Now”, no piensen tanto en un militar americano masacrando vietnamitas, como en unos criminales belgas que fueron los inspiradores del relato en el que se basó la película de Coppola.

 

La actualidad española nos ha llevado al cínico espectáculo de países con historiales muy negros, cebándose con el gobierno de España por los cuatro gomazos mal repartidos por una policía maniatada, a una gentuza que lleva décadas haciendo la vida imposible a los ciudadanos de bien, a toda esa chusma que, bajo siglas impronunciables, quieren romper políticamente a España, tras haber destruido la convivencia en Cataluña.

 

Los que han comprado el mensaje victimista, no lo han hecho tanto por una ingenuidad de la que carecen, como por un odio ancestral y mal disimulado a España. No parece que el europeísmo termine de hacer cicatrizar los rencores de odios seculares con tanta facilidad como desearíamos. El posicionamiento de muchos europeos en defensa de estos trileros independentistas –a sabiendas de que son exactamente eso, trileros- es un signo de deslealtad y mala fe que no se puede pasar por alto.

Detesto que se etiquete el mal; es algo que lleva dentro todo ser humano. Suele hacerse para encubrir la propia maldad, para rehuir la búsqueda en las propias tinieblas. No caeré en el absurdo de adjudicar el monopolio de las tinieblas a los belgas, ni a los ingleses con su bochornosa Historia, ni a los holandeses por sus latrocinios y crueldades de siglos.

 

Pero tampoco admitiré que le den a España lecciones los que jamás evangelizaron, ni practicaron el mestizaje, ni promulgaron una sola ley reconociendo derechos a poblaciones indígenas.

Y no lo admitiré porque soy hijo de la única Nación que, allá adonde fue, llevó más luces que tinieblas.

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 11 de noviembre de 2017 a las 21:10
Cook
La verdad es que jode mucho que gente con un pasado tan sumamente oscuro vengan a intentar darnos lecciones de moral. En el Congo Belga las atrocidades fueron innumerables y crueles como pocas. Se fomentó el negocio de vidas humanas, como si se tratase de ganado y no de personas. Pero tampoco debemos olvidar que en España ese negocio lo realizaban gentes sin escrúpulos que dieron lugar, con su enriquecimiento tan vil, a la oligarquía catalana de hoy en día.
Los belgas nos siguen teniendo inquina desde que los Tercios estuvieron por allí derrotándoles continuamente.

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