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Noelia de Trastámara
Jueves, 9 de noviembre de 2017

El adoctrinamiento marxista

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Estamos escandalizados, con toda razón, del adoctrinamiento que están sufriendo los estudiantes desde edades muy tempranas en Cataluña. ¿Es esto un fenómeno nuevo? ¿Una nueva arma al uso de las hordas de enemigos de nuestra patria? No, evidentemente no. Hace ya bastantes años, incluso décadas, donde en nuestras escuelas, institutos y sobre todo universidades se viene adoctrinando a nuestros jóvenes en la filosofía marxista, un germen que lleva gestándose en estas nuevas generaciones, generaciones de niños de papa con aspiraciones de chavistas. Revolucionarios sin causa y sin sentido.  Anticapitalistas de Iphone y Mcdonals. En un intento de llegar hasta el fondo de este asunto, me he atrevido a preguntar a viejos y nuevos alumnos de algunos institutos o universidades y entre anécdotas me cuentan como en ocasiones algunos de sus profesores les hacían cantar la internacional o brindar por Marx en el aniversario de su muerte. O hemos asistido en muchas ocasiones estupefactos como en la universidad de Valencia se han invitado a gente del entorno abertzale  a dar conferencias ante la pasividad del gobierno de turno  y el beneplácito de los docentes. Estos son algunos ejemplos que quise destacar entre millones más, pero vayamos al meollo de la cuestión.

 

La acción y el efecto de adoctrinar, es decir, instruir a alguien en un conocimiento o enseñanzas de una doctrina ha venido siendo lamentablemente una práctica común en buena parte de las universidades públicas ya no solo de España, sino del mundo. Universidades públicas financiadas con dinero del contribuyente. Por lo mismo, resulta inaceptable que tales ideas se planteen desde el sectarismo ideológico, ligados a particulares activismos políticos, en este caso, el marxismo cultural, la anarquía y la desobediencia civil. Es así como los institutos y  universidades se han llegado a convertir  en uno de los bastiones más importantes del adoctrinamiento ideológico y del activismo político. La realidad de las universidades de­muestra que dicho adoctrinamiento procede de una amalgama de activismos políticos ligados a las izquierdas. Se trata de grupos de “intelectuales” que descalifican permanentemente y de diversos modos gran parte de los va­lores y principios del ideario conservador, la tradición cultural de Occidente, así como todos y cada uno de los valores inherentes a la raíz cristiana, que es la base de Occi­dente por antonomasia.  Sobre la libertad se apoyan los conceptos de que el conocimiento humano es una búsqueda ilimitada de la verdad; de que no hay un acceso humano a la verdad que no esté como principio abierto a la sana disputa y al edificante debate.

 

La contratación, des­pido o ascenso del profesorado debe­ría depender exclusivamente de su competencia y conocimiento apropia­do en el campo de su especialización y, en las humanidades, las ciencias sociales, y las artes, con una visión hacia la protección de la pluralidad de metodologías y perspectivas. En con­secuencia, ningún profesor debería ser contratado o negado a su ascenso o su titularidad o despido sobre la base de sus creencias políticas o reli­giosas.  Por lo mismo, los estudiantes deberían ser evaluados solamente sobre la base de sus respuestas razo­nadas y su apropiado conocimiento de las materias y disciplinas de estu­dio, nunca respecto a sus creencias políticas o religiosas, o tampoco ser evaluado negativamente si sus razonamientos no andan cerca de la doctrina que el profesor ya se ha encargado de incrustar en su "conocimiento".

 

La nueva LOU, aunque muy mejorable, era tan sólo un paso inicial en el buen camino, pero el so­cialismo en España se encargó de mi­nar ese camino y, tras el 11-M, decidió acabar con gran parte de todas aque­llas iniciativas. Antes de que entrara en funcionamiento aquella LOU en 2003, los rectores de las universidades públicas españolas sacaron a concurso casi el triple de plazas a profesorado funcionario que en el año anterior. Con esa acción, todos los puestos va­cantes publicados antes de que se aprobara la LOU lograron eludir el tener que pasar por la prueba de habi­litación que preveía la nueva norma. Por este camino, los rectores pudieron saturar las plazas de profesorado uni­versitario para muchos años y se ase­guraron así el control político e ideo­lógico de las izquierdas sobre la Uni­versidad española. A cuantos dudan de lo que aquí apuntamos y del secta­rismo político de la Universidad en España, bastará que pregunten a los candidatos que quedaron fuera por concursos vergonzosos e injustos que incluían ya plazas concedidas de an­temano. Basta mirar también la re­ciente concesión del “Doctorado Honoris Causa” en la Universidad Autónoma de Madrid a un pistolero del comunismo como Santiago Carri­llo.

 

Por otro lado, y sin salir de lo que va quedando de España, el adoctrina­miento lingüístico e ideológico es no­table en las particularidades autonó­micas, especialmente en Galicia, Vas­congadas y Cataluña. En esas comu­nidades, con cada vez mayores trans­ferencias en materia educativa, y que constitucionalmente forman parte del reino de España, los respectivos sis­temas educativos, desde los primeros años de educación hasta la Universi­dad, se han ido convirtiendo en pla­nes al servicio del adoctrinamiento nacionalista secesionista. Dichos sis­temas educativos aparecen como herramienta clave para controlar tan­to los contenidos de la enseñanza co­mo la selección del profesorado a tra­vés de la exigencia del dominio del vascuence, el catalán o el gallego y la marginación del español. En el caso particular de la contratación del joven profesorado, de los cuerpos de admi­nistración y servicios universitarios, resulta clave el conocimiento y domi­nio de las lenguas periféricas en de­trimento de la española.

 

Hoy entendemos que todo eso implica tener que aguantar a una turba de activistas erráticos que usan los circuitos universitarios  y la necesaria libertad de expresión para generar dinámicas antidemocráticas, violentas y amena­zantes, cuando no realmente terroris­tas. Desde Europa a Estados Unidos, pa­sando por España e Hispanoamérica, hace falta hablar claro también en las universidades: falta sacar a la luz el negocio de muchos falsificadores de la cultura y de la historia. Hacerlo sin pelos en la lengua y con datos y ejemplos es la mínima responsabili­dad de cualquier funcionario univer­sitario público que cobra del contri­buyente y que tiene la obligación de asegurar que la Universidad no sea un centro de adoctrinamiento, sino un espacio de libertad para la transmi­sión del conocimiento y de la verdad por vía de la buena enseñanza, la in­vestigación y el aprendizaje de la so­ciedad general y de las nuevas gene­raciones.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 9 de noviembre de 2017 a las 22:31
Ramiro
Como ex profesor de universidad pública, concretamente de la de Zaragoza, echado de la docencia por ser facha redomado (en un mundo de neocomunistas de salón, es decir, burgueses en la intimidad), y duro con los alumnos, a los que no regalaba ningún aprobado, suscribo el artículo de la a a la z.
La única duda que tengo es la siguiente: ¿su autor es don Josele Sánchez o doña Noelia Trastámara, pues aparece firmado por el primero, pero en l mancheta donde aparecen las colaboraciones, viene a nombre de la segunda? (Que está más guapa que el primero, dicho sea sin molestar al señor director, pero la verdad es la verdad...

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