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Manuel Parra Celaya
Domingo, 12 de noviembre de 2017

En busca de la contaminación

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[Img #7017] La huida (no controlada, al parecer) de Puigdemont a Bruselas, para meterse de lleno en una intrincada y curiosa selva legalista, estaba bien calculada. Nada de lo acontecido es casual. Tampoco lo es, claro, que su abogado, Paul Beckaert, haya tenido en su haber la defensa de etarras, que buscaban en aquella nación un paraíso jurídico o, acaso, un cuartel de invierno, y tenga el dudoso honor de haber publicado artículos en Gara en contra del Estado español.

 

            Nos imaginamos que el periplo turístico de esos doscientos alcaldes que se han sumado al ex presidente y a sus cuatro consejeros tampoco es fortuito; eso sí, esperamos que sus gastos de viaje y estancia no figuren entre las cuentas de sus respectivos consistorios; de ser así, llegaríamos a la conclusión de que los vecinos del municipio correspondiente son tontos o que al Sr. Montoro le ha dado un aire, como se decía antes en los pueblos.

 

            Merece la pena destacar que el ex presidente y abortado jefe de estado republicano fugado no ha elegido la capital belga por representar un centro de poder y de gestión de una Europa que lo ninguneado una y otra vez, sino por ser la capitalidad representativa de una sociedad ancestralmente dividida por los nacionalismos flamenco y valón, presidida por un gobierno siempre inestable a causa de esa pugna de carácter étnico.

            Recordemos, asimismo, que los únicos apoyos que ha recibido la aventura del procés más allá de España -descontada Venezuela, claro- es la de los partidos populistas y eurófobos, encasillados permanentemente en un identitarismo enemigo de una futura patria llamada Europa.

            Si el nacionalismo redivivo de las Naciones-Estado puede hacer peligrar la consolidación -y rectificación necesaria- de la Unión Europea, los nacionalismos internos de esas naciones con mucha más razón y peligrosidad. Los primeros representan un gigantesco retroceso en la Historia; los segundos nos retrotraen a la Prehistoria. La tarea de Puigdemont en Bruselas es la contaminar a Europa del virus nacionalista, así de sencillo.

 

            La Europa de los pueblos, aparentemente concebida como complemento a la de las naciones, se ha revelado como una carga explosiva de espoleta retardada que se puso en el seno de la construcción europea. Y precisamente es Puigdemont el encargado de pulgar el pulsador del on de la detonación que lleve al traste los esfuerzos unitarios en un sentido progresivo de integración de los europeos.

 

            Menudo problema tienen ahora el gobierno y la judicatura belgas con su huésped…; es una incógnita saber qué decidirán jueces y gobernantes con su persona y la de los otros exiliados. También entra en el ámbito de los enigmas adivinar cómo reaccionarán los Estados europeos si los planes de contaminación de los jefecillos separatistas surten efecto entre sus numerosos y variados irredentismos internos: Italia, siempre abierta a la fractura entre norte y sur; Francia con sus nacionalismos bretones y corsos; Gran Bretaña con Gales, Escocia e Irlanda; Alemania  con sus landers particularistas…, por no mencionar los nacionalismos soterrados bajo los Estados de la antigua Europa Oriental, que ya sabemos lo que pueden dar de sí en confrontaciones abiertas.

            Y lo constituye un auténtico rompecabezas, por lo menos para el ciudadano medio español, es conjeturar cuál va a ser la próxima pieza que mueva el inescrutable Rajoy, el del rostro impenetrable; el personal está desorientado con su errática política ante el problema separatista y, más aún, con sus silencios. Tampoco la Corona se muestra muy explícita que digamos, después de su histórica y rotunda arenga, que dicen por ahí que se debió más a presiones militares que gubernamentales. Con todo esto, el ciudadano empieza a estar algo receloso ante la posibilidad de que se estén fraguando pactos en la trastienda…

 

            Pero, regresando al asunto que nos ocupa, lo cierto es que el problema de las nacionalidades, término que recogió tan imprudentemente el texto constitucional del 78, y del consiguiente invento autonómico, está dejando de ser un problema interno de los españoles y se ha convertido en un delicado tema europeo. La Unión, ya sometida a discusión en varios frentes (inmigración masiva y descontrolada a modo de clara invasión, el olvido o menosprecio de las verdaderas raíces continentales, los euroescepticismos…) se enfrenta ahora a una posible pandemia de minúsculos nacionalismos, que siguen atentos la evolución del problema español (que no estrictamente catalán) para replegar velas, si le fallan los cálculos a Puigdemont o, en su defecto, para sacar pecho.

 

            Solo una ilusionante renovación del proyecto de convivencia europeo superaría la situación; pero, para ello, hace falta el acuerdo unánime de todos los Estados; a su vez, estos deberían aportar su propia versión, igualmente atrayente y sugestiva, de su proyecto nacional unitario y no excluyente ni separador, que rebasara con creces las tentativas secesionistas, ahora espoleadas por Puigdemont y sus corifeos.

            Y el primero, por supuesto, debería ser el Estado español, que ha de recordar, velis nolis, aquellas palabras de Ortega de que los pueblos no se unen por el hecho de estar juntos, sino para hacer algo juntos.

                                                    

 

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