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Sergio Pérez- Campos
Jueves, 16 de noviembre de 2017

Fabricantes de pollinos

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Hace unos días se clausuraba en Cartagena su Semana de Novela Histórica. Como cartagenero y apasionado de la Literatura, pocas cosas pueden enorgullecerme más que el hecho de que mi ciudad albergue un acontecimiento de tanta relevancia cultural, aunque parece que pocos lugares pueden ser más propicios para un evento de este tipo que la trimilenaria donde tuve la fortuna de nacer.

 

El hecho es que, para variar, la nota discordante la puso, como es habitual, el estamento político. La ausencia injustificada de la concejala de Turismo podría sorprender desagradablemente, si no fuera porque pertenece a esa casta política española que tanto ha hecho por convertir a España en un desierto cultural, plagado de analfabetos, que es el mejor semillero de votantes sumisos y acríticos. Justo lo que necesitan los inútiles que pueblan nuestra política para perpetuarse en sus pesebres.

 

Poco engaña ya, a estas alturas, la eterna declaración de amor por la cultura que proclama el partido presuntamente progresista al que pertenece la edil de marras. Tengamos en cuenta que su partido, a comienzos de los noventa, promulgó una ley que le pegó el tiro de gracia a la educación, la tristemente célebre LOGSE, que dinamitó cualquier posibilidad de un sistema educativo eficiente, y que nos ha hecho clientes perennes del furgón de cola de los informes PISA.

 

Sería terriblemente injusto culpar en exclusiva a los socialistas de tal desaguisado; los populares les sucedieron en el poder, y ni cuando tuvieron mayoría absoluta para legislar a su antojo, hicieron el mínimo esfuerzo por enmendar este desastre. Sin duda, ellos también han visto las ventajas de fabricar generaciones de pollinos, de clientes asiduos de Gran Hermano, desertores perpetuos de la lectura o cualquier otro ejercicio extenuante para las meninges, aspirantes sin recato a la subvención de gandul impenitente, disfrazado con frecuencia de activista de iphone y mochila de marca.

 

La Cultura, entendida por ese binomio nefasto que nos gobierna desde hace décadas, se entiende sólo como el ejercicio de dar subvenciones sin conocimiento a todo mamarracho cuya obra ensalce la idílica segunda república o la trasnochada épica marxista en su eterna añoranza de una guerra que se empeñan en revivir, como si con ello pudieran revertir la derrota; o con la permanente presencia del politiquillo figurón en premios literarios a los que jamás honrará con la lectura de la obra ganadora. Salir en la foto, subvencionar, alardear de un amor por una cultura cuya verdadera extensión supondría su tumba política, porque en un país culto, estos algarrobos que sufrimos en el poder nunca hubieran pasado de pegar carteles cada cuatro años.

 

Mejor que no asistan; la presencia siempre teñida de demagogia de estos personajes en cualquier evento cultural adquiere tintes insultantes.

 

En otras áreas de gobierno ha habido ciertos altibajos. Sin embargo, en  Cultura y Educación resulta deprimente el repaso de la lista de los ministros de los últimos treinta y cinco años.

 

Así está el nivel educativo y cultural en España. Basta ver las encuestas de intención de voto para comprender quiénes cobran los réditos de ese largo y dramático proceso de analfabetización. Y para entender que ese proceso ha sido minuciosamente premeditado.

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