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Sergio Pérez- Campos
Miércoles, 29 de noviembre de 2017

Los trapitos de Vancouver

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Corría el año 2009, cuando aún gozaba, quien les narra, de una forma física razonablemente buena, por lo que decidí participar en los Juegos Mundiales de Policías y Bomberos, que se celebraban aquel año en Vancouver, Columbia Británica, Canadá. Como el viaje era largo y la inversión importante, decidí participar en varias pruebas, así como rendir una visita familiar en el cercano Estado de Washington, USA.

 

El caso es que la penúltima prueba en la que tomé parte fue en Triatlón, que se disputaba sobre la distancia olímpica (1,5-40-10 kms respectivamente, de natación, ciclismo y carrera a pie). La competición se celebraba en un maravilloso paraje llamado Maple Ridge, junto a un precioso lago rodeado de bosques de arces, no muy lejos de la sede, Vancouver.

 

Participábamos en el triatlón un número muy considerable de españoles, podría rondar entre un 20-25% del total, lo que provocó que el ambiente estuviera muy hispanizado, y que nos hiciéramos notar mucho. Además de esto, se daba la circunstancia de que tenemos un buen nivel en este deporte, por lo que era previsible que muchas medallas volaran para España. Siendo muchas las categorías de grupos de edad, era más que probable que así ocurriera.

Las optimistas previsiones se cumplieron, para alegría de todos. Pero ahí es cuando llegó el bochornoso espectáculo que los españoles parecemos inclinados a dar allá donde vamos.

Llegó la ceremonia de entregas de medallas. Una categoría tras otra, los triunfadores iban siendo llamados al podio. Como era natural, los atletas se acercaban a él con la bandera de su país, que desplegaban para las fotos rituales tras recibir sus medallas. ¿Todos? No. Los españoles, cual aldeanos de Astérix, resistiendo la tentación de parecer unos fachas con la rojigualda empezaron a desfilar por el podio con las más variopintas banderas. No fue sólo el acostumbrado numerito de catalanes y vascos; cuando unos bomberos de Madrid fueron llamados a recibir sus medallas, desplegaron esa enseña tan histórica y vistosa que se otorgaron cuando se crearon los diecisiete cortijos patrios.

No creo que sorprenda, a quien me lea y conozca mi manera de sentir, que me sintiera profundamente abochornado por el absurdo espectáculo que dábamos ante gente de todo el mundo. Agravado, en mi opinión, por el hecho de que los cuerpos policiales y de bomberos suelen componerse de personas con sentido del deber y de patriotismo. El hecho irrefutable es que no vi atleta de ningún otro país desplegar bandera de Baviera,  Columbia Británica, Texas, o cualquier otra región. Absolutamente nadie -excepto los incívicos y estúpidos españolitos- desplegó la hortera exhibición de banderas regionales, que no vienen al caso en competiciones internacionales, en las que se sobreentiende que uno representa a su Nación.

Estuve esos días con gente de muchos países. Todos portaban orgullosos las banderas de sus naciones, la mayoría de las cuales tienen una historia irrisoria comparada con la de España.

Incomprensible tanta estulticia, tanto complejo, tanto miserable incluso en colectivos que deberían ser ejemplares en todos los aspectos.

Decepcionante para mí, estar a 10.000 kilómetros de España, feliz por los éxitos de mis compatriotas, y esperando infructuosamente, el despliegue de nuestra bandera.

Sigamos con los cortijos, esas sanguijuelas que están arruinando España, y escondamos nuestra bandera, acomplejados. De este modo, nuestro futuro sólo tendrá un color: el negro.

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