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Bartolomé Marcos
Viernes, 1 de diciembre de 2017

Relectura escéptica de aquel lejano y romántico Mayo del 68

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Sed realistas, pedid lo imposible”. Y, más de cuarenta años después, aparecieron los jóvenes podemitos y las jóvenas podemitas dispuestos a pedir lo imposible aunque eso no fuera realista. Han pasado casi 49 años desde la Revolución Obrero-Estudiantil que, con punto de partida en las Universidades francesas de París o Nanterre, o la de Berkeley en California, pretendió cambiar el mundo: fue el último y hermoso baluarte de la utopía. La capacidad de neutralización y absorción de la sociedad burguesa –con sus pilares ideológico-políticos en la democracia formal pero mentirosa del neoliberalismo o de la socialdemocracia  como camaleónicas caretas alternantes de la clase burguesa dominante- redujo a literatura y folklore lo que había querido ser un empeño noble de reedificar el mundo desde cero. Al cabo de más de cuarenta años, la política sigue siendo el arte de lo posible, que en la práctica se convierte en que casi nada es posible en lo que se refiere a instaurar un orden mundial distinto al que sufrimos que garantice libertad, paz y justicia para todos los seres humanos.

 

            Los jóvenes estudiantes y los obreros de Mayo del 68 proclamaron también aquello de “la imaginación al poder”, y el poder no sabemos si tuvo imaginación, pero sí resortes y recursos como para reducir aquel movimiento revolucionario a pura imaginería: la de esas frases tan sugerentes creadas por los jóvenes e ilusionados ideólogos de Mayo del 68 convertidas en eslóganes publicitarios para vender Coca Cola o vaqueros. El 68 acabó convertido en un estilo, pero no de vivir o actuar, sino de vestir o de hablar, válido solamente para adornarse las masas juveniles con la vitola, los clichés y la aureola romántica del revolucionarismo y así ligar más y mejor. De ser un instrumento de lucha pasó a ser moda para el tonteo. Sed realistas, pedid lo imposible, e imposible fue. Quiso ser una alternativa radical a la sociedad burguesa que entonces teníamos y más de cuarenta años después seguimos soportando, corregida y aumentada, esa misma sociedad burguesa en la que ostentan y detentan el poder –repodridos y sin imaginación- muchos de aquellos otrora combativos e ingenuos revolucionarios, que ya han dejado de serlo (combativos, ingenuos y revolucionarios).

No estamos en el mejor de los mundos posibles, como se nos había hecho creer, porque está claro que el nuestro es rematadamente malo e injusto. Por eso, las jóvenes generaciones -que perciben las incongruencias, los desajustes, los desbarajustes, y el radical desorden de fondo del sistema que han heredado- deben recuperar la pulsión revolucionaria,  la fiebre  arrebatadora, imaginativa y contagiosa, del soñador utópico, la fuerza de futuro de las ideas nuevas y propias, la responsabilidad del compromiso y la denuncia, la generosidad de la entrega a la lucha por un objetivo común.

 

Si eso era o iba ser el movimiento 15M, hola y adiós porque, como cabía esperar, se ha dado de bruces y ha chocado estrepitosamente contra la indestructible sociedad burguesa, y no uno ni dos ni tres ni unos cuantos, sino muchos, han sucumbido a los melifluos y embriagadores cantos de sirena del statu quo social dominante, del que bien podría decirse lo que se decía en el Infierno de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri: perded toda esperanza cuantos entréis aquí. El Mayo francés del 68 (y sus posteriores secuelas en todo el mundo)  se saldaron con un estrepitoso fracaso en cuanto a su objetivo último de alcanzar una sociedad distinta y mejor. Pero tuvo repercusiones en todo el mundo, dejó huella y nadie puede decir que fuera del todo inútil. Hoy es preciso de nuevo el aliento enriquecedor de la utopía. Hay que volver a pregonar la exigencia de lo imposible como una demanda realista. Previsiblemente el futuro evaluará nuestro esfuerzo como un nuevo fracaso, pero el camino recorrido no habrá sido inútil. O eso espero.

Engaallons enfants de la patrie… A ver si la siguiente es la buena. De momento estos ya se han colocao

 

 

 

 

 

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