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Sergio Pérez-Campos
Jueves, 7 de diciembre de 2017

Perpetrando vuelos y refrigerios

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Decía mi ilustre paisano Pérez-Reverte, en uno de sus afilados artículos, que Iberia es una compañía que no opera vuelos, sino que los perpetra.

No recuerdo ya qué amarga experiencia daba pie al artículo, pero su expresión “perpetrar vuelos” se me quedó grabada de forma indeleble.

Son muchos los vuelos que he cogido desde que leí aquel artículo, y en todo tipo de aviones y compañías, desde un imponente Airbus 380  o enormes Boeing 777, hasta las avionetas más precarias, con recuerdo especial para un bimotor de unas cuarenta plazas que tomé en Afganistán como alternativa a la presuntamente peligrosa ruta terrestre, y al que subí más aterrorizado que si hubiera enfrentado un comando talibán. Por supuesto, toda esta variedad incluye, además de modelos, multitud de compañías aéreas de muchos países, incluyendo algunas de bajo coste de lugares que la mayoría no considerarían desarrollados.

 

Aclaro este punto para que el lector comprenda que hablo con una buena base comparativa, porque soy consciente de que la anécdota que voy a narrar será puesta en tela de juicio, o tenida por exagerada. He visto expresiones de incredulidad cuando la he contado oralmente; y lo comprendo. Cuesta creerla. Pero les juro por Tutatis que es rigurosamente cierta.

 

El hecho es que había aprovechado unos días que libré inesperadamente para irme con mi familia a la maravillosa Lisboa.

Habíamos viajado con billetes de TAP, pero para desgracia nuestra, los vuelos fueron operados por Iberia. Nuestro vuelo de retorno salía a las cinco de la tarde, poco más o menos. Pronto vimos que llevaría retraso, pero fueron pasando las horas sin que se dieran explicaciones. Hasta ahí nada fuera de lo común, pensarán muchos. Cierto, algo que habrá sufrido cualquiera. La falta de información, o los malos modos cuando algún pasajero indignado la exigía, fueron la tónica de una tarde que nos vimos abocados a “disfrutar” en el aeropuerto lisboeta. Finalmente, nuestro vuelo partió con cuatro horas de retraso. Por supuesto, ni una explicación ni media. Hala, al avión, como borregos.

 

Y ahí es cuando llegó la apoteosis de mi idolatrada aerocompañía. Al poco de despegar, una voz por megafonía nos anuncia, en un tono de presentador de gala boxística –faltaron las fanfarrias-, que “en atención a los señores pasajeros, se va a servir un refrigerio”.

 

“Vaya –pensé-, la mala conciencia parece haberles ablandado y se han dado cuenta de que debemos estar caninos”. Ay, ingenuo, tontorrón. Faltaba lo mejor. Llega la azafata y reparte a cada pasajero una bandejita diminuta en la que se ve algo envuelto en plástico, sin más, ni agua, ni refresco, nada. El “refrigerio” parece ser un sándwich; bueno, para ser exactos, un medio sándwich de pan de molde. Intrigado por su escaso volumen me pregunto qué puede contener para abultar tan poco. Lo abro, y me quedo estupefacto. Me giro, dispuesto a preguntar a mi hija de qué era el suyo, y me está mirando con expresión estupefacta. “Papá, es mostaza” –exclama, entre incrédula e indignada-. Le digo que no se asuste, que el mío es igual. Al comprobar el de su madre nos damos cuenta de que no es un error. Todo forma parte del maravilloso sentido del humor que tienen estos personajes de Iberia. Saben que después de pasar la tarde tirado en un aeropuerto por su culpa, la mala leche se te pasa con una buena broma. Y qué broma. Deberían patentarla, tal vez como “la broma de la mostaza”, por no estrujarse mucho el cerebro, ya que prefieren estrujar y joder a sus incautos clientes. Lo cierto es que respiré hondo y conté hasta cien. Me abstuve de llamar a la azafata para preguntarle si, efectivamente, era una broma, porque supuse que, dado nuestro estado de ánimo, era muy posible que se acabara liando.

Si añado a esto que mi otra única mala experiencia en un avión fue en un vuelo de Londres a Madrid –de British, maldición, operado por Iberia-, comprenderán ustedes que tenga vetada a esta compañía. Hasta que las vacas vuelen. Por lo menos. Y,  por respeto al lector, no diré dónde pueden meterse los de Iberia la puta mostaza.

 

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