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Josele Sánchez
Miércoles, 20 de diciembre de 2017
Artículo del periodista y escritor Josele Sánchez

¿Cómo fabricar un terrorista suicida?

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Noticia clasificada en: Palestina

Artículo incluido en el libro "Balada triste para España y otras notas desafinadas".
Publicado por gentileza de Editorial Letrame

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Me llamo Rabah Aburedwân, tengo quince años y vivo en de Al-Zeitun, un barrio al este de la ciudad de Gaza. En árabe los nombres y los apellidos tienen significado: Rabah quiere decir “el ganador” y Aburedwân significa “guardián de las verjas del cielo”.

Gaza es una estrecha franja de tierra de cuarenta y dos kilómetros de largo por doce de ancho que limita con Egipto, Israel y el mar mediterráneo. Aquí vivimos 1.800.000 habitantes y somos la superficie más poblada del planeta. Gaza, mi ciudad, conserva su nombre desde hace miles de años y mi patria es una de las naciones más antiguas del mundo. Aquí nació Jesús cuando Palestina era una provincia del Imperio Romano. Dicen que la vida aquí es muy difícil aunque yo no lo sé porque no conozco ninguna vida diferente: nunca he salido de Gaza City. Prácticamente nadie puede salir de aquí desde 2.007 cuando Israel nos impuso el bloqueo e instaló ocho puestos fronterizos. Antes de eso cada mes entraban y salían medio millón de personas de Gaza. Ahora Israel sólo concede 6.000 permisos mensuales; por eso la gente dice que vivimos en un ghetto. Un ghetto sí sé qué significa porque en la escuela estudié las brutalidades que los nazis cometieron con los judíos polacos en el Ghetto de Varsovia.  

 

 

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El bloqueo israelí no sólo limita la movilidad de personas, también afecta a la libertad de circulación de bienes y servicios. Hasta el año 2007 cada día salían de Gaza 38 camiones con destino al resto del mundo. Ahora Israel sólo permite la salida de un camión al día y la exportación de nuestros productos está prohibida por razones de seguridad. En Gaza City nos hemos acostumbrado a vivir con ocho horas de electricidad y otras ocho horas de apagón. Aquí las playas huelen mal y el mar es de color marrón; el agua está contaminada y no es apta para el consumo humano pero Israel, por razones de seguridad, tampoco nos permite instalar una planta potabilizadora. Según Naciones Unidas dentro de dos años se habrán destruido, de manera irreversible, todos los acuíferos de Gaza. Israel también nos limita el acceso a combustible, medicinas y suministros. El ejército israelí nos ha arrancado más de 800.000 olivos (el equivalente a arrasar 33 veces con todos los árboles del Central Park de Nueva York), ha reducido nuestro derecho a faenar en aguas poco profundas y completamente contaminadas en las que, además, sus navíos militares disparan contra los barcos palestinos y sufrimos un brutal bloqueo naval que ha llevado a la ruina a miles de pescadores. Desde que comenzó la última ofensiva israelí 134 fábricas palestinas han sido destruidas y más de 30.000 trabajadores han perdido sus puestos de trabajo; también han acabado con nuestras reservas de diesel bombardeando la Central Eléctrica de Gaza.

 

En Israel el rabino Eleazar Malmid emitió decretos religiosos animando a los israelíes a “robar y quemar las cosechas palestinas, a matar a los animales de sus granjas y a envenenar sus pozos de agua” y el primer rabino Yosef Obadia nos ha descrito a los palestinos como “bichos y cucarachas que hay que pisotear”.  Las calles de Gaza City están llenas de coches destruidos por las bombas y de edificios en ruinas que nos recuerdan constantemente quiénes son nuestros vecinos israelíes. Pero pese a todo aquí intentamos seguir con nuestro día a día, con los mercados repletos de colores y de olores a especias y tiendas que venden todo tipo de objetos, con nuestro tráfico caótico y los niños jugando en las calles. Israel tiene una maquinaria de guerra que dicen que es la cuarta más importante del mundo; los palestinos no tenemos ni ejército, ni fuerza aérea, ni carros de combate, ni defensas de ningún tipo, sólo piedras para arrojar a los ocupadores y dignidad para seguir viviendo en estas condiciones. La lucha del pueblo palestino no es por problemas religiosos sino por la defensa de nuestro derecho a vivir como nación en nuestras propias tierras y a tener nuestro propio Estado. Aunque la mayoría de la población somos musulmanes no hay problemas de convivencia con los cristianos; en Gaza viven católicos y greco-ortodoxos que son la comunidad cristiana más antigua del mundo, herederos de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret. Esta es la tierra natal de Jesucristo y por eso, aunque la población mayoritaria sea musulmana, los cristianos son una parte muy importante de nuestra historia. Hay ciudades en Palestina (Ramala, Belén, Beit Sahour, Beit Jala, Birzeit y Taybeh) donde la mayoría de los habitantes son cristianos. Para los palestinos el cristianismo forma parte de nuestra identidad cultural como pueblo.

 

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En Palestina la convivencia pacífica entre islam y cristianismo se remonta hasta el principio de los tiempos. De hecho yo estudio en una escuela católica, el Colegio de la Sagrada Familia donde la mayoría de alumnos somos musulmanes. Tengo tres hermanas de cinco, siete y nueve años. Mi madre cuida de la casa y de nosotros. Mi padre es médico y trabaja como traumatólogo en el Hospital de Shifa que es el hospital más importante de Gaza; él quiere que yo también estudie medicina pero yo quiero ser futbolista y jugar en el Barcelona. Mi jugador favorito es Iniesta y tengo una camiseta con su nombre. Aunque juega en el Real Madrid, Cristiano Ronaldo me cae muy bien porque en el partido que jugó con la selección de Portugal contra Israel se negó a intercambiar su camiseta y dijo a los periodistas que “no se enfundaba la camiseta de un país asesino de niños”. Mis mejores amigos se llaman Nasser, Abdul Rahman, Hassan Ali, Tarek y Mohammed. Cuando no estamos en la escuela jugamos al futbol. Nasser, Tarek y Mohammed también son del Barcelona. Abdul Rahman es del Real Madrid y siempre nos metemos con él y le gastamos bromas. Hassan Ali es del Valencia porque un turista le regaló una camiseta con el nombre de Soldado. También vamos juntos a la mezquita, menos Tarek porque es católico.

 

Los últimos días no hemos podido jugar porque un ataque de la aviación israelí destrozó completamente el edificio donde vivía Mohammed, sus padres y sus cuatro hermanos pequeños; ahora estamos ayudando a su padre a construir una casa con lonas, plásticos y maderas. Cuando me enteré que el ejército israelí había derruido la casa de Mohammed dije que “¡ojalá mueran todos los judíos!”. Mi padre me escuchó y me dio una bofetada. Hasta entonces nunca me había pegado. Me dijo que “el odio sólo engendra odio” y que “Alá ama a las personas y quienes odian a las personas, sean del pueblo que sean, están ofendiendo a Alá”. Anteayer los israelíes bombardearon el Hospital de Shifa mientras mi padre estaba pasando su consulta. Mi padre murió.

 

No me dejaron ver su cadáver. Esta mañana, antes que se pusiese el sol, he escapado de casa. Unos amigos, a través de unos túneles secretos, van a introducirme en Israel. Al otro lado de la frontera me espera un contacto para trasladarme clandestinamente de m hasta Tel Aviv. Me entregará un chaleco cargado de explosivos que haré detonar dentro de un autobús. He dejado esta carta para mi madre:

 

 

Querida Madre, me marcho de casa para cumplir con mi deber como patriota.

 

No debes preocuparte por el futuro.

 

Unas personas contactarán contigo y te facilitarán todo lo necesario para que ni a ti ni a mis hermanas os falte de nada.

 

Voy a encontrarme con Padre en El Paraíso. Alá es grande.

 

Tu hijo que te quiere,

 

 

Rabah

 

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