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José Luis Sánchez Álvarez
Domingo, 24 de diciembre de 2017

Día a día ¡ALANTE TOA! 24 de diciembre

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Día 24 de diciembre.

EL RINCÓN DE PATRICIA

 

Como cada año, casi sin darnos cuenta nos habíamos metido en Navidad. Los abuelos, sus cinco hijos con sus parejas y los once nietos nos juntamos para celebrar la Nochebuena. Me acuerdo del abrazo de mis hermanas en la habitación de barco donde yo estaba y en donde ellas acababan de coincidir dejando los abrigos, algo normal y que no habría tenido la mayor importancia de no ser por la mueca de molestia y sorpresa de mi hermana Patricia.

Aquel 2012 que empezaba iba a cambiar para siempre su vida y a la postre la de los demás. Pocos días después acudió al médico en busca de respuestas por ese pinchazo y tras varias pruebas las respuestas no podían ser mejores, ¡no tenía nada!

 Sin embargo, algo se movía dentro de ella y lo sabía, lo notaba y así se lo hizo saber nuevamente a su médico que tras nuevas pruebas se ratificó en la levedad de sus dolencias, un quiste. ¡Qué fácil hubiera sido para ella engañarse ante estas buenas noticias! Pero presentía que la verdad era otra. Volvió a advertir a su médico que estaba pasando algo y para su sorpresa le prescribieron una prueba en el pecho que no le dolía. Aquí debió de ser cuando se dio cuenta que esta batalla debía dirigirla ella, había confiado en un apoyo falso. Sin dudar ni un instante abandonó la consulta del médico privado y dirigió sus pasos al Hospital de Santa Lucía, a los pocos días, con el diagnostico confirmado la operaron, extirpando el ganglio centinela. A esto siguieron quimios, radios y dos operaciones. Y mucha lucha con mucho dolor y poca queja.

Patricia nunca perdió su humor, no se doblegó a que la enfermedad se lo arrebatara. No había forma de sacarle un lamento. Su fortaleza creo que se debía a su inteligencia y su bondad. Por esto quizá, comprendió muy pronto que quería vivir la vida, lo que le quedase, aunque estuviera jalonada de lucha, esfuerzo y dolor. Pero también de amor, eso que a ella se le caía de los bolsillos.

La Navidad pasada fue la primera en que ella estuvo con nosotros solo en nuestros corazones. Fue en Primavera cuando ese puntico de luz que era mi hermana, visible en toda la oscuridad de nuestra existencia, se perdió en la Luz donde nos espera.

Solo Dios sabe si Patricia estaría con nosotros de haber tenido la fortuna de que aquel médico  viese a la primera el problema, solo Dios sabe si siete meses de ventaja al Cáncer hubieran sido suficiente rédito para vencerlo, la triste realidad es que Patricia lucho desde el minuto uno de aquella Nochebuena de 2011, lamentablemente sin armas hasta pasada una eternidad.

Antes de irse, le llenamos la maleta de todo el amor que pudimos y a cambio ella nos hizo cantidad de regalos. Regalos preciosos y muy valiosos, aunque inmateriales.

Uno de ellos fue su deseo de que la recordáramos allá donde tanto disfrutamos en nuestra niñez, en Tentegorra, donde vivíamos. Y en un pequeño terreno de la familia, que en tiempos estuvo lleno de sillares de piedra que han ido desapareciendo poco a poco.

Plantamos un olivo y en torno a él arrimamos alguno de los sillares que aún quedaban, todo ello dentro de un cerco natural de zarzas que hacen el rincón de oro en primavera  y lo inunda de una delicada fragancia difícil de describir.

La semana pasada unas máquinas comenzaron a hoyar un terreno contiguo con multitud de hoyos, resultó ser un terreno municipal y el motivo del agujeramiento del terreno, no era otro que el de repoblar con arbolado la parcela vecina al Rincón de Patricia.

Me parece fenomenal esta iniciativa municipal, pero me gustaría que no solo El Rincón de Patricia siga siendo El Rincón de Patricia, sino que este nuevo parque se pudiera contagiar de la alegría, por qué no decirlo, de poder recordar a un ser querido, al que esa terrible plaga del siglo XXI nos ha privado de su calor, que no de su amor.

Apadrinar un árbol, verlo crecer, sentir como hunde sus raíces en el suelo y se afianza buscando el cielo, al tiempo que el recuerdo del ser querido se hace cada año más dulce, más hermoso, más amable, aunque ella no esté.  Es  esta una experiencia, una vivencia, un sentimiento, que te hace que llegues a  hablarle, abrazar y besar a un trozo de madera que lucha por su vida, con nombre y apellidos.   

Sugiero y pido al Excelentísimo Ayuntamiento de esta ciudad: ¡Mi Cartagena! Que el paraje vecino al “El Rincón de Patricia”, como así lo conocen  los amigos y vecinos que en Tentegorra dejó mi hermana, adopte este nombre y se dedique al recuerdo de nuestras queridas paisanas víctimas de la crueldad del Cáncer. Y que si hacen falta “sillares” para ver crecer sentados el amor a las que se nos fueron, mi familia  pone los primeros.

¡Feliz Navidad!

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