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Pedro Conde
Domingo, 31 de diciembre de 2017
ültimo artículo del año de Pedro Conde Soladana, un colaborador de lujo de La Tribuna de Cartagena

¿SOCIEDADES PERFECTAS?

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España es en estos momentos el ejemplo palmario de una sociedad en deriva creciente hacia esa imperfección que le lleva ya a su propia destrucción.

Nuestra esperanza está en la reacción nacional de esa parte sana del pueblo español que, para sorpresa y mal del separatismo, ha provocado contra él y los indignos gobernantes de la nación.

No hace falta aclarar que es ésta una pregunta retórica que sólo se formula como incitación a un análisis especulativo del pensamiento. Análisis del que si queremos llegar a una conclusión en este caso concreto, ésta no puede ser más que la utopía. Sería un absurdo o una entelequia pedir que a través del pensamiento imperfecto, como corresponde a la naturaleza humana, se llegue a la construcción perfecta; a una sociedad sin tachas.

 

            Así que, quitando toda retórica a la pregunta, analicemos brevemente la prosaica realidad de la sociedad o sociedades humanas, deficientes per se. Por ello, la pregunta debería ser: ¿hasta qué grado de imperfección pueden aguantar o llegar a sobrevivir las sociedades humanas sin que se derrumben lenta o estrepitosamente?

 

            La pregunta no es baladí y menos a estas alturas de los tiempos, porque si la ciencia, la técnica, los medios materiales de que hoy se sirve el ser humano lo han llevado a tan alto grado de satisfacción, comodidades, perfección en las formas, etc., hasta de salud física ¿cómo es que una sociedad y su estructura política puede estar tan enferma? No hay que ir muy allá para encontrar ejemplos que avalen la pregunta. España sin ir más lejos, cuya sociedad se encuentra en un estado comatoso en el que destaca su estamento político.

 

            ¿Qué vicios o defectos públicos horadan la consistencia de una sociedad hasta poder compararla con el organismo de un individuo decrépito que difícilmente se sostiene en pie? Están a la vista de cualquier  persona con sensibilidad ciudadana y amor a su nación y patria. La clase política, en general, que debe ser ejemplo y espejo de conducta cívica para los gobernados, tiene hogaño tales deficiencias morales y éticas, tal falta de consistencia en sus creencias nacionales, como para invertir las escala de valores que debe presidir, como tablas de la ley, tanto la conducta individual como la colectiva, llegando a ser, como mínimo, la amoralidad la que rige los actos de la mayoría de una sociedad sin norte. Aquellos valores que tienen su origen en la propia civilización, que heredan de sus ancestros y hacen fuertes a las sociedades, a muchos ciudadanos de hoy les suenan a antiguallas, a pura filfa, a cosa de abuelos pasados de vueltas, a voces vacías, a ridiculeces rancias de vejestorios… Estos son, por ejemplo, el honor, “esa cualidad moral que impulsa a actuar rectamente, cumpliendo su deber y de acuerdo con la moral”. La palabra de honor, como garantía que da quien la usa en cumplimiento de lo comprometido. El rechazo de la mentira en todas las actuaciones de la vida. El repudio del cinismo como sostenedor de la mentira. La repugnancia de la hipocresía a la que quiere hacerse pasar por diplomacia. Y elevándonos ya en la escala de la sociedad política, esos vicios que no es que le sean propios pero se pueden producir en cuanto que el rango del individuo le dota de una autoridad mal entendida y usada hasta esquivar las leyes como no puede hacerlo un simple ciudadano. El listado de la desvergüenza pública toma nombres varios: latrocinio, prebendas, favoritismo, comisiones, nepotismo, prevaricación, etc.

 

            Cuando todos estos defectos y lacras sobresalen de las virtudes, hasta hacer a éstas prácticamente invisibles en la conducta de los políticos, quedan tocados aquellos principios que deben dotar de autoridad al hombre público. Un tipo de estos, pierde todo argumento de autoridad para ejercer su función, sea de Presidente del Gobierno, ministro, alcalde, o de cualquier otro rango en la estructura del Estado. Y ello se refleja en la sociedad que afloja también sus amarres a los códigos éticos y morales. “Si ese mandamás lo hace, por qué no yo”. Esta podría ser la traducción del vulgo,  no muy fino en general a la hora de interpretar los actos y conductas a la luz de la ética y la moral.

 

            De las peores enfermedades de que puede adolecer una sociedad es la que le entra por la corrupción de sus gobernantes. Con las indecentes y bochornosas conductas de estos, se diluyen las cualidades que el ciudadano presupone han de tener los regidores de una nación. La autoridad, en su más amplio sentido y campos: la de mando, la del ejemplo, la del orden, la del respeto, e incluso admiración, desaparece para ser sustituida por la chanza, la comparación zafia, el chiste; en definitiva, el desprecio de la ciudadanía hacía el personaje político. Es, por otro lado, el campo abonado para que liliputienses enemigos, los separatistas, por ejemplo, se crezcan hasta barbear a esos políticos del Estado Central, algunos de los cuales, deberían estar, como ellos, en las mazmorras por sus villanías y malos ejemplos. Se produce un equilibrio de fuerzas negativas que se contrarrestan. ¿Qué autoridad moral puede exhibir un Ministro corrupto frente a un independentista no menos podrido? La mayor fuerza de un político es su limpia conducta que viene a ser la piedra angular sobre la que se asienta su autoridad.

 

            España es en estos momentos el ejemplo palmario de una sociedad en deriva creciente hacia esa imperfección que le lleva ya a su propia destrucción.

 

            Nuestra esperanza está en la reacción nacional de esa parte sana del pueblo español que, para sorpresa y mal del separatismo, ha provocado contra él  y los indignos gobernantes de la nación.

           

           

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 1 de enero de 2018 a las 18:25
Ramiro
Don Pedro, celebro que sea tan optimista, pero yo no espero nada o casi nada de esta sociedad, formada por borregos, que se comportan gregariamente, o burros, casi a partes iguales, y salvo pocas excepciones.
De cualquier forma, la esperanza es lo último que se pierde...

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