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Manuel Parra Celaya
Miércoles, 3 de enero de 2018
Opinión de Manuel Parra Celaya para La Tribuna de Cartagena

RESILIENCIA DE ESPAÑA

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Soy poco o nada inclinado a creer que exista un volkgeist representativo de cada pueblo; lo considero una creación del romanticismo, que, como la mayoría de las suyas, es falsa de solemnidad. En ese espíritu popular, irreal y fantasmagórico, suelen poner el acento toda suerte de populismos, que manipulan los sentimientos más primarios, suscitan apasionamientos estériles y, sobre todo, se oponen frontalmente al concepto de una Patria como comunidad de destino entre las demás naciones y, por tanto, a la integración de elementos variados y plurales en sugestivos proyectos comunes.

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                No obstante, observo que sí existen unas constantes a lo largo del tiempo en cada unidad política formada por la historia, que se corresponden a una esencia nacional, que parte de sus momentos fundacionales y se va actualizando en cada coyuntura, si se acierta con el camino.

 

                Esas constantes no son exactamente repeticiones ni producto de ningún mesianismo, sino características que quedan grabadas en los inconscientes colectivos y se van dando periódicamente cuando las circunstancias las provocan, y esto es constatable para un observador externo e imparcial.

 

                En el caso de España, nos es dado percibir la cualidad de la resiliencia, que, como sabemos, es un término que, procedente de la Física, se aplica al campo de la Piscología: capacidad de los cuerpos -y de los seres vivos- de adaptación y recuperación frente a un agente perturbador o una situación adversa.

 

                Existen sobradas pruebas de esta resiliencia española: sin ir más lejos -ni más cerca- podemos contemplar como España -Ortega dixit- fue europea por voluntad, mientras que los demás pueblos del Viejo Continente lo eran de forma espontánea; ocho siglos de resistencia a una cultura extraña dicen mucho de esa resiliencia frente a la posibilidad de que todos los herederos de la Monarquía Visigótica formaran parte del mundo oriental e islámico.

 

                Ángel Ganivet -que no conocía la palabra resiliencia- nos tildó de senequistas, es decir, sufridos herederos de la filosofía estoica del prócer romano que prefirió suicidarse sin el menor aspaviento; pero creo que los españoles somos poco dados a preferir la muerte -Numancia y Sagunto quedan bastante atrás- cuando podemos luchar por la vida, aunque sea a costa de esfuerzos y sacrificios.

 

                Pero tampoco hace falta recurrir a la épica de la historia; para situaciones mucho más repetidas y cotidianas quedan los versos del poeta: No hay mal que cien años dure, ni gobierno que perdure. Y es evidente que no nos vamos a centrar exclusivamente en el momento presente ni echar toda la caballería sobre el Ejecutivo que preside el señor Rajoy: sus antecesores también dieron suficientes razones para que se pudiera aplicar el pareado en cuestión.

 

                Ahora nos encontramos en un momento crucial, en plena crisis de un Régimen; aún no podemos afirmar rotundamente si esta palabra se debe aplicar en su sentido etimológico griego, el que recoge la RAE en sus cinco primeras acepciones (disputa, decisión o resolución alternativa) o en la sexta (carestía, escasez) o la séptima (situación difícil y complicada).

 

                Me inclino por esta última interpretación: España vive una de las crisis más angustiosas de su historia reciente, y que está causada por haberse desnaturalizado, por una parte, es decir, apartado de su naturaleza esencial, de los valores que, procedentes de sus actas fundacionales, vinieron a presidir sus mejores momentos, y, por otra, por haber interrumpido su proceso de nacionalización, quedando como permanente borrador inseguro y sometida a los constantes cuestionamientos como nación moderna.

 

                En estas dos causas han colaborado ampliamente los sucesivos gobiernos que se han sucedido desde la Transición, y ahora estamos pagando las consecuencias; la expresión más llamativa y preocupante es la negación de la propia existencia de España, empezando por su unidad, por parte de sectores amplios de la población, disidente no de un bando, partido o forma de gobierno, sino de su propia condición de españoles.

 

                No vale frivolizarlo, al modo de las películas de los ocho apellidos…; la gravedad es evidente, y, como muestra, véanse los resultados de estas últimas elecciones autonómicas en Cataluña, que tan alegremente convocó Rajoy dentro de su pacata aplicación del artículo 155 de la Constitución.

 

                Confío en esa capacidad de resiliencia de España; es más, estoy seguro de que saldremos adelante, aunque ello signifique el sacrificio de multitud de posverdades, tabúes establecidos y principios inmutables del Régimen vigente; bien estará ese sacrificio si se hace en el ara de la españolidad. Lo que no sé es el precio…

 

                No estaría de más que, en las actuales fiestas de la Natividad del Hijo de Dios, dedicáramos una oración para pedir por la convivencia, la paz y la unidad de los españoles, ya que Él es el Señor de la Historia y nos puede echar una manita.

                                                            

               

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