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Ernesto Ladrón de Guevara
Domingo, 7 de enero de 2018

¿TABARNIA ES UNA BROMA?

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En definitiva: la mejor receta para combatir al nacionalismo es usar sus propias armas. Eso profundiza en sus contradicciones, si bien el peligro es la cantonización de España como sucedió en la Primera República

¿Tabarnia es una broma? A mí no me lo parece.

 

En el contexto mundial en el que nos encontramos las ciudades tienen tanta importancia económica, cultural y como entramado democrático y social como los propios estados. El futuro, probablemente será el de las áreas metropolitanas de las grandes ciudades, donde se concentran las masas humanas. Si miramos la esfera terrestre desde un satélite en la zona de sombra solar, es decir, donde es de noche, veremos las concentraciones de luz artificial en manchas luminosas rodeadas de grandes zonas de oscuridad, lo que es una representación física de las concentraciones humanas. Las democracias, en su sentido representativo, son la proyección política de las ciudades. Sobreponderar el voto rural no es democrático y supone la plasmación de lo antiguo contrapuesto a lo moderno. Lo viejo, lo decimonónico, en contraste con lo actual, con lo cosmopolita. Es el contrapunto que podríamos establecer entre el carlismo y el liberalismo, el Antiguo Régimen ante la Democracia representativa. Sesgar la plasmación del voto hacia una representación electoral que prime lo rural sobre lo urbano da como consecuencia el resurgir del caciquismo, del feudalismo, cuya expresión más palpable es el nacionalismo y su enfermedad secesionista.

 

         Por eso no me parece que lo de Tabarnia sea una broma. Yo lo considero más bien un salto hacia la modernidad para superar las tentaciones disolventes, la vuelta al pasado.

El Artículo 151 de la Constitución Española atribuye el proceso autonómico a cada una de las provincias que estén afectadas, y, por tanto, Tabarnia, como zona metropolitana de Barcelona que absorbe a Tarragona podría perfectamente iniciar el procedimiento:

 

 

“No será preciso dejar transcurrir el plazo de cinco años, a que se refiere el apartado 2 del artículo 148, cuando la iniciativa del proceso autonómico sea acordada dentro del plazo del artículo 143.2, además de por las Diputaciones o los órganos interinsulares correspondientes, por las tres cuartas partes de los municipios de cada una de las provincias afectadas que representen, al menos, la mayoría del censo electoral de cada una de ellas y dicha iniciativa sea ratificada mediante referéndum por el voto afirmativo de la mayoría absoluta de los electores de cada provincia en los términos que establezca una ley orgánica”.

 

Sería una buena manera de abortar para siempre las pretensiones independentistas que son el fruto no de la mayoría de los votos, sino de la de los escaños que nacen de un sistema electoral viciado que no respeta la proporcionalidad del voto.

 

Este fenómeno fue experimentado por Unidad Alavesa en Álava, para frenar las pretensiones colonialistas del nacionalismo vasco. Y doy fe de que hizo mucho daño a los independentistas.  Además, se formulaba la secesión de Álava para seguir perteneciendo a España desde el plano puramente histórico y constitucional, amparándose en la Adicional Primera de la C.E. que fue una concesión al nacionalismo. En esa Adicional se preservan los derechos históricos de los territorios forales, es decir de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya por separado. Cada territorio tiene sus fueros históricos diferenciados y no formaron hasta 1936 unidad política alguna entre sí. Euskadi fue un invento del fundador del nacionalismo vasco, el racista Sabino Arana, que, por cierto, planteó su fórmula independentista desde Vizcaya con la pretensión de adherir a ese proyecto a Álava y Guipúzcoa desde un planteamiento colonial.

 

Unidad Alavesa se basaba en el Estatuto Alavés de 1931 y la Carta foral de Álava de 1934. El primero formulado desde las fuerzas progresistas y el segundo desde las conservadoras, como intento de parar los pies a las ansias independentistas en una provincia donde el PNV era absolutamente residual y recibía la herencia del carlismo. Por eso, a mitad de la década con la que se inició este siglo se presentó en las Juntas Generales de Álava un Proyecto de Estatuto Foral que no triunfó, obviamente, por la exigua representación de Unidad Alavesa en ese momento. Pero hay que recordar que ese partido tuvo su momento de gloria en 1990 llegando a obtener tres parlamentarios en el Parlamento Vasco, recogiendo el voto decepcionado del PP y de un PSOE desarmado de argumentos ante la cesión de la lehendakaritza al PNV tras superarlo los socialistas en número de votos.  La desaparición de Unidad Alavesa tuvo mucho que ver con la reorientación del proyecto popular hacia el alavesismo y por razones de índole interno. Diríamos que el grande se comió al chico.

 

Pero el voto alavesista fue capaz de poner a raya al nacionalismo, cosa que se frustró tras la desaparición del partido foralista, acosado por un terrorismo que puso el foco sobre sus dirigentes, calificándolos como objetivo prioritario de sus zarpazos, afortunadamente sin consumar; aunque a punto estuvieron de hacerlo.

 

En definitiva: la mejor receta para combatir al nacionalismo es usar sus propias armas. Eso profundiza en sus contradicciones, si bien el peligro es la cantonización de España como sucedió en la Primera República.

 

     

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1 Comentario
Fecha: Domingo, 7 de enero de 2018 a las 11:59
hespérides
¡Ya está bien de equiparar al Carlismo con el nacionalismo, demonios! Es sencillamente falso. El Carlismo es profundamente español, genuína y tradicionalmente español, orgullosamente español, patrióticamente (que no nacionalistamente) español. Y si algún enemigo tuvo el nacionalismo desde sus orígenes, tanto el catalán como el vasco, fue el carlismo, al que odiaron (y aún odian) a muerte. Y si alguien se erguió en defensa de España frente al nacionalismo separatista fue el Carlismo, desde sus orígenes hasta la actualidad, no hay más que ver a la organización patriótica catalana Somatemps, formada en su mayoría por carlistas. Por lo tanto ya está bien de mentir y manipular, el nacionalismo no recoge ninguna herencia del Carlismo. Es todo lo contrario. El Carlismo es profundamente foralista (foralista de verdad, no constitucionalista liberal al modo de Unidad Alavesa) como defensor egregio de la Tradición española y de las libertades características de los pueblos que conformaron España. El nacionalismo es antiespañol y crea, inventando, una historia y una seudotradición para argumentar su nacionalismo separatista que nada tienen que ver con el foralismo ni con el Carlismo. No mienta

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