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José Martín Ostos
Martes, 9 de enero de 2018
Opinión del profesor José Martín Ostos para La Tribuna de Cartagena

De Ortega y Gasset a Tabarnia

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No parece un elogio, pues, a los habitantes de Cataluña (tampoco a los del resto de España) proclamar que su convivencia durante siglos constituye un problema insoluble. Es una idea completamente diferente de lo que debe perseguir la noble actividad política.

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I. Mientras los sectores independentistas catalanes, con elevados medios propagandísticos, muchos de ellos sufragados con dinero público, aunque no todos (¿a quién puede beneficiar el fomento de problemas en esta parte de Europa?), van consolidando posiciones, con un descaro y una osadía apabullantes, la llamada clase política (con un gobierno timorato a la cabeza) parece actuar siempre a la defensiva.

 

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II. Dicha actitud preocupante se percibe, también, en los principales dirigentes sociales, que son los llamados responsablemente a aportar su rayo de luz a la oscura situación.

Así, de un tiempo a esta parte, se insiste en las palabras de don José Ortega y Gasset, relativas a que el problema catalán no se puede resolver, “que sólo se puede conllevar”, ya que se trata de un problema perpetuo. Los articulistas acostumbran a repetir hasta la saciedad la afirmación de tan ilustre pensador, ajenos a lo que implica su incondicional aceptación.

Admitir que un problema no tiene solución puede tener diversos significados. Si hablamos de un hecho histórico, equivale a reconocer que más que un problema coyuntural es una realidad incuestionable. Pero, si nos encontramos en presencia de una cuestión política y decimos que no tiene solución, nos estamos pronunciando en pro de su carácter conflictivo y del mantenimiento definitivo de esa situación, por evidente.

 

No parece un elogio, pues, a los habitantes de Cataluña (tampoco a los del resto de España) proclamar que su convivencia durante siglos constituye un problema insoluble. Es una idea completamente diferente de lo que debe perseguir la noble actividad política.

 

III. Por otra parte, entre las iniciativas para combatir el citado secesionismo, ha surgido recientemente un fenómeno que ha recibido la simpatía de numerosas personas. Los promotores de Tabarnia trasladan a la parte más próspera y desarrollada de Cataluña los mismos planteamientos que los separatistas catalanes argumentan en relación con el resto de España.

Llevados a sus últimas consecuencias, tales argumentos son irrebatibles. De ahí la amplia aceptación con la que han sido recibidos entre amplios sectores de españoles, incluidos los catalanes.

Pero, superada la adhesión inicial, tampoco puede valorarse como seria esta estrategia. De continuarse por ese camino, se acabaría fracturando toda región, provincia y comarca, en ilimitadas unidades.

No es razonable utilizar la división como medio para fortalecer la unidad, aunque en principio se trate de denunciar los males de la primera.

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IV. La unidad española –realidad histórica y evidente-, mal que le pese a algunas personas con intereses inconfesables, solo debe recibir movimientos de apoyo, tanto públicos como privados, por quienes se declaran partidarios de ella. En ese sentido, toda iniciativa ha de tender a fortalecerla, para incorporar la nación resultante a otras unidades superiores en las que pueda desarrollar un papel importante. Ni resignación, ni provocación, pues. El pueblo español está bastante harto de que se le confunda con  propuestas disparatadas.

La unidad exige una permanente e inteligente actividad positiva (piénsese, por ejemplo, en el actual abandono de la enseñanza y de los medios públicos de información, ambos en territorio catalán). Lo que no se defiende, acaba perdiéndose. En ningún caso se trata de un problema perpetuo, ni puede reforzarse por medio de maniobras disgregadoras. Más de la mitad de los catalanes así lo comprende y recientemente ha dado muestras de ello. Con la misma claridad, falta que lo secunden los responsables públicos, sin excepción.

 

 

 

 

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