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Sergio Pérez-Campos
Jueves, 11 de enero de 2018

El objetor y los audaces activistas

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Los herederos de aquellos chequistas siguen hoy usando una retórica épica. Cierto líder de la extrema izquierda, que no tiene un cuarto de hostia, siempre habla de cojones, de azotar presentadoras reaccionarias, de partir caras de fachas y lúmpenes, y de un montón de cosas más de cuya puesta en acción no hay ni un solo testimonio. De hecho, hace bien poco, mientras era insultado por unos “fachas” se parapetó detrás de unos policías nacionales a los que paradójicamente odia, pues según dice él mismo, “se emociona cuando apalean a un policía”.

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Intentaba un amigo mío, a comienzos de los ochenta, escaquearse del servicio militar, y quiso informarse de lo que debía hacer para hacerse objetor de conciencia. Era un tema que no estaba a la sazón regulado, y de ahí su ignorancia. Un conocido, no muy documentado, le informó de que eso era algo que le tramitarían en el Gobierno Militar. Ingenuamente, mi amigo se dirigió una mañana a dicha Institución para resolver este asunto. El soldado de la garita de acceso, tras conocer el propósito de mi amigo, hizo una llamada exponiendo el asunto a un superior, y le indicaron que le hicieran subir a la segunda planta, a un determinado despacho. Nada más cruzar el umbral, a mi amigo, sin mediar palabra ni explicación alguna, le cayó una lluvia de leches e insultos tal que le costó reaccionar; aún estupefacto, tuvo los reflejos y la cordura suficiente para salir como alma que lleva el diablo, no sin recibir, a punto ya de cruzar la puerta en su huida, un patadón que, según su testimonio, “no podrá olvidar en su vida”.

 

Comentado este incidente con unos amigos, le dijeron que esto era indignante e intolerable, y que le recomendaban dirigirse a cierta plataforma antimilitarista que, sin duda, emprendería acciones encaminadas tanto a agilizar el asunto de la objeción como a tomar medidas contra la intolerable conducta de aquellos militares.

 

Y así mi amigo se encaminó un día al local de dicha plataforma. Nada más llegar comprobó que la estética del lugar respondía a la de la típica organización de extrema izquierda, con despliegue de banderas tricolores, carteles del Che, hoces y martillos y toda la iconografía marxista. El personal allí presente, greñudos y porreros, respondía al perfil esperado. Preguntado sobre el propósito de su visita, expuso su deseo de objetar así como la narración de lo sucedido en el Gobierno Militar. Aquello provocó la indignación de los activistas allí presentes, que clamaron contra esas conductas fascistas de los militarotes, y le manifestaron que “eso no iba a quedar así”, y que esa gentuza antidemocrática “se iba a enterar” cuando ellos emprendieran sus acciones de protesta. Como primera medida, el que llevaba la voz cantante, tras una breve búsqueda, se dirigió a mi amigo y le tendió unas cadenas, diciéndole: “Vas a hacer lo siguiente; te vas a ir al Gobierno Militar, te vas a encadenar a la entrada, vas a montar un pollo de la hostia. Y que te encarcelen, y que se jodan. Mi colega, que de tonto no tiene un pelo, los mandó a freir morcillas y salió de allí con tanta premura como había salido de la Institución Castrense. Evidentemente, lo único que le faltaba era que volvieran a darle de leches –esta vez la Policía-, y buscarse una detención de imprevisibles consecuencias.

 

Esta surrealista anécdota, que es verídica hasta el último detalle, me ilustró a la perfección la cuestión del lenguaje épico al que son aficionados todos los chequistas y revolucionarios de retaguardia. Estos personajes que hace ochenta años lanzaron a miles de idealistas a matarse mientras ellos permanecían dándose la gran vida en posiciones seguras, garantizándose la huida cuando las cosas se empezaron a poner feas, mientras de tanto en tanto descerrajaban algún que otro tiro en alguna nuca a un enemigo siempre desarmado.

 

Los herederos de aquellos chequistas siguen hoy usando una retórica épica. Cierto líder de la extrema izquierda, que no tiene un cuarto de hostia, siempre habla de cojones, de azotar presentadoras reaccionarias, de partir caras de fachas y lúmpenes, y de un montón de cosas más de cuya puesta en acción no hay ni un solo testimonio. De hecho, hace bien poco, mientras era insultado por unos “fachas” se parapetó detrás de unos policías nacionales a los que paradójicamente odia, pues según dice él mismo, “se emociona cuando apalean a un policía”.

[Img #8771]

 

 

 

Esa retórica de “ve tú, que luego ya, si eso, iré yo”; la de “que te encarcelen y que se jodan”; la de “toma un fusil, que yo estoy en la dura tarea de dirigir”. No es nada nuevo, tenemos muchos ejemplos. Tantos, que hoy en día aún sorprende que algunos incautos todavía cojan las cadenas y vayan a encadenarse. Y que se jodan”.

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