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Pedro Conde
Sábado, 13 de enero de 2018

Sedientos de Autoridad

Guardar en Mis Noticias.

No es exagerado decir que estamos ante los hombres públicos más ineptos y mediocres, los más horros de cultura política que haya tenido una nación en muchos años.

         Ni siquiera las quiméricas o idílicas sociedades ácratas pueden prescindir del concepto de autoridad aunque sea sólo en su adjetivación moral y ética. Es aquella “autoritas” de los romanos por la que una persona queda legitimada en su conducta y saber, para convertirse en guía de un grupo humano, siendo reconocida como tal por éste.

 

         La autoridad, en sus diversas expresiones o contenidos, es tan necesaria a las agrupaciones humanas como el aglutinante cemento en la construcción y consistencia de un edificio. Su necesidad y exigencia nace de la propia naturaleza imperfecta de los seres vivos. En todas las especies esa potestad es más o menos visible o acentuada porque es además una garantía de su propia supervivencia. Cuánto más en la especie humana en la que la razón, capacidad exclusivamente suya pero no  perfecta, puede  transmutarse sin solución de continuidad en su contraria, la sinrazón.

 

         Desde el nacimiento de la raza humana, cuando ésta tomó conciencia y consciencia de sí misma, la autoridad, la “autoritas”, la “potestas”, se hizo tan necesaria al grupo como la luz del día para salir de la cueva.

 

         Pues bien, después de miles de años de evolución y avances, este principio, la autoridad, que está individual y colectivamente ínsito en el individuo y en sus comunidades, parece no haber sido tomado y comprendido en todo su indispensable e imprescindible valor por individuos revestidos  de poder en sistemas inventados al efecto, tal como la democracia. Estamos ya hablando de los tiempos modernos en la que este teóricamente acertado hallazgo o invento para la convivencia de los seres humanos es desprestigiado por el mal uso que de ella hacen quienes revestidos de hipotética autoridad ignoran o no usan ésta como elemento indispensable para la buena gobernanza; poniendo en riesgo la supervivencia  del grupo, de la comunidad o de la nación, a cuyo frente los ha colocado la sociedad por los mecanismos conocidos.

[Img #8810]

 

         Es paradigmática la España actual como ejemplo de esta falta de aprecio y valoración en esa condición indispensable para un mandatario, la autoridad, por parte de los responsables de su dirección política. No es exagerado decir que estamos ante los hombres públicos más ineptos y mediocres, los más horros de cultura política que haya tenido una nación en muchos años. Y todo por culpa de un complejo, que como todo complejo invalida a quien lo padece para ejercer la función en la que aquél emerge.  El ficticio y dañino Estado de las Autonomías no es ajeno a esa flojedad intelectual que ha creado un estado de partición, más que de repartición, de esa excelsa condición para gobernar que es la autoridad. Pareciera que el trozo de la misma que han recibido todos los gobernantes autonómicos fuera para unos un exceso que les rebasa y para otros un defecto; porque no comprende ninguno que esa condición de autoridad es una facultad delegada y no troceada.  Pero lo que es peor, y la evidencia, vuelvo a repetir, de lo que ocurre en nuestra nación es palmaria e insufrible, aquel que es la fuente constitucional de toda esa autoridad nacional, el Presidente del Gobierno, se asemeja a un hombre público desplumado y descangallado, como el tipo del tango.

 

         De los muchos ejemplos que, desde que el actual Presidente del Gobierno llegó a este puesto, se podrían exhibir para confirmar el achaque de políticos acomplejados, grises y vulgares, sólo citaré, para no hacer más largo este trabajo, a la última de las más graves decisiones que había que tomar ante el más grave problema que tiene hoy España: el separatismo.

 

         El inapelable y contundente artículo 155 de la Constitución española, remedio seguro, ha sido aplicado en Cataluña como si para erradicar un tumor con metástasis, grave tumor que lo es políticamente para España, un emplasto compuesto de pomada casera y polvos picantes para la nariz. ¡Vamos, como para provocar todo lo más un estornudo!

 

         España hace tiempo está sedienta de beber de la fuente donde nace el agua clara y limpia de la autoridad, el Estado Central, a cuyo sede y sillones sólo deben llegar tipos hechos y derechos, no acomplejados ni cobardes. Y no digamos ya si sus extrañas y atípicas carencias  te llevan a sospechar de conductas más indignas, de las que están emborronadas algunas dolientes páginas de su gran Historia.

 

         No es una hipérbole, es un clamor popular, España y los españoles estamos sedientos de verdadera y auténtica autoridad.

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 13 de enero de 2018 a las 17:18
Ramiro
Excelente artículo, por el que felicito muy cordialmente a su autor.
¿Pero que podemos esperar de un gobierno de corruptos, cobardes e inútiles como el actual, salvo alguna honrosa excepción...?
Y Rajoy no es la excepción, por cierto.

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