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Manuel Parra Celaya
Domingo, 21 de enero de 2018
Opinión de Manuel Parra Celaya para La Tribuna de Cartagena

La inquisición de los tontos

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[Img #8962]Me ofrecen mis allegados una pequeña anécdota ciudadana, ocurrida la pasada semana durante la tradicional celebración barcelonesa de la fiesta de San Antonio Abad, Els tres tombs (las tres vueltas): un grupo de animalistas protestó por la presencia de nobles equinos montados por sus correspondientes jinetes; al parecer, el hecho de montar a caballo es una muestra de maltrato animal

 

                En el curso de la conversación, otro allegado me informó de que, en Valencia, unas feministas radicales habían obligado a retirar algunos ninots, que, según decían ellas en su profunda inteligencia y perspicacia, atentaban contra la dignidad de la mujer. Y, así, fueron saliendo en la informal tertulia otras observaciones de actualidad del mismo jaez -como la persecución de toda heráldica municipal y cívica que encierre connotaciones belicistas- que me han dado pie a calificar como inquisitoriales estas actitudes repetidas; salvando, por supuesto, todas las distancias  históricas posibles, pues tengo entendido que aquel tribunal eclesiástico estaba normalmente constituido por personas inteligentes, eso sí, dentro de la mentalidad de su época, inadmisible para la nuestra.

 

                Y, a la vez, para denostar de tontos -es más, tontos del haba- a quienes se dedican cotidianamente a tan innoble tarea, como es la de fisgonear, tipo vieja del visillo del inigualable José Mota, a sus convecinos y denunciar sus desvíos de lo políticamente incorrecto.

 

                Ni la inquisición ni los tontos son privativos de España, faltaría más, pues, ampliando las informaciones, me llegan nuevas de otros lares, como, por ejemplo, la de unos estudiantes ingleses que han exigido (atención al verbo de moda) que se retiren de los planes de estudio a numerosos autores literarios y filosóficos, pues sus textos encerraban enseñanzas sexistas, racistas y todos los demás ismos que ustedes quieran añadir y aportar al léxico de los progres a la violeta, revestidos de las negras vestiduras que antaño recubrían a los miembros del Santo Oficio.

 

                No recuerdo exactamente a quién se suele atribuir la frase de que el más perfecto Estado Totalitario es el que no precisa de policías, tribunales, torturas y gulags, porque ha conseguido que sus súbditos interioricen Lo Prohibido con férrea censura mental y anímica y lo destierren de sus palabras y hechos. En todo caso, la referencia original y obligada la pueden encontrar en el 1984 de Orwell, que tuvo ocasión de comprobar cómo las gastaban sus compañeros de armas en la guerra civil española y, en consecuencia, tuvo que salir por piernas para no perder algo más que su funesta manía de pensar…

 

                Pues bien, el Estado Totalitario Perfecto ya está aquí y, para mayor inri, se hace llamar Estado Democrático, con signos de Religión Secular y Laicista. Su biblia son las obras de aquel Antonio Gramsci y de sus discípulos de la Escuela de Frankfurt, y sus sacerdotes constituyen un amplio sínodo integrado por la progresía, en realidad, izquierda vergonzante.

 

                Pero no hagamos distinciones maniqueas: esos progres fiscalizadores, denunciantes, intransigentes e inquisitoriales cuentan con el apoyo inestimable -mediante el silencio o la complacencia- del resto del mundillo político, por muy escorado a la derecha que se precie; y de un sector de la población que ya ha sido abducido por las prédicas de la corrección. Todo eso también lo podemos encontrar en Gramsci: los intelectuales orgánicos y los que, sin ser propios, se prestan a los ucases sin rechistar, por no quedar mal y ser llevados a las mazmorras del tribunal inquisitorial omnipresente.

 

                Para todos ellos -activistas, denunciantes, cómplices y público sumiso en general- me quedo, piadosamente, con lo de tontos, que me sirve para denominar ahora a los que persiguen autores del pasado, escudos provinciales, ninots o jinetes; y empleo esta palabra por respeto a la sensibilidad del lector, pues se me acumulan calificativos más definitorios en la pluma.

 

                Y extiendo lo de tontería, no faltaba más, a quienes hacen caso y se toman en serio las denuncias y descalificaciones, en lugar de responder a las mismas con el mismo gesto que el otro día dedicó el tabernés Albert Boadella a esa otra clase de tontos de lazo amarillo que integran las filas del separatismo catalán: la butifarra catalana, forma amplificada y de profunda raíz hispánica de la celtibérica higa.

 

                Bien mirado, esa butifarra o corte de mangas, efectuado con firmeza, gallardía y actitud castrense, debería ser elevada, dados los tiempos que corren, a saludo nacional de todos los españoles que no tragan con los dictámenes de la inquisición de los tontos.

                                      

               

 

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