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Ernesto Ladrón de Guevara
Jueves, 15 de febrero de 2018
Opinión de Ernesto Ladrón de Guevara para La Tribuna de Cartagena

EL PROBLEMA DE LAS LIBERTADES Y DE LA DEMOCRACIA

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Conservo muy fresca en la memoria la imagen de mi amigo, el periodista José Luis López de Lacalle, con su paraguas rojo abierto junto a su cuerpo inerme y exánime, cuya vida arrebatada por un grupo de ultraizquierda seguidora de los métodos de Pol Pot, es decir ETA. Hoy es un símbolo vivo de la persecución y el crimen para acallar las voces que no son del agrado de las huestes totalitarias. Le asesinaron para que no pudiera seguir escribiendo y porque su testimonio vital y palabra clamaban contra el totalitarismo y predicaban la libertad.

[Img #9206]Es un tópico fácil decir que sin democracia no hay libertad y sin libertad no hay democracia.

 

El problema sería definir lo que es cada uno de esos términos. La libertad implica a su vez el libre albedrío, la capacidad entre elegir entre diferentes decisiones, incluso entre el bien y el mal; y está relacionada con la intrínseca naturaleza del ser humano. Esa libertad exige previamente el reconocimiento de la dignidad de la persona, de su esencial educabilidad para que sea dueña de sus propios destinos y no manipulable, lo que implica que su entorno posibilite el ejercicio de su determinación como sujeto activo de su programación vital. Y la democracia forma parte de ese conjunto de factores que permiten que las personas como individuos sean capaces de determinar su sentido vital y tomen parte en la configuración de la forma de organizarse la sociedad y de autogobernarse, lo que, a su vez exige el respeto a la ley y el orden como condición imprescindible para la convivencia en común.

 

El respeto interindividual y el principio kantiano de no hacer a los demás lo que no se quiera que le hagan a sí mismo es una condición necesaria y obligada para la convivencia en comunidad, lo que exige, así mismo, una educación en valores y una formación cívica derivada como efecto de esa educación.

 

Digo todo esto como prolegómeno a la exigencia que todo ciudadano educado y libre debe exigir al Estado, que es que se protejan las libertades y se persiga activa y eficazmente a quienes las vulneran. Tal es el caso del activismo perfectamente organizado y nada espontáneo de la extrema izquierda contra la prensa libre. En este caso contra La Tribuna de Cartagena, pero no solamente contra este periódico digital.

 

 

 

[Img #9205]

 

 

 

 

 

 

Conservo muy fresca en la memoria la imagen de mi amigo, el periodista José Luis López de Lacalle, con su paraguas rojo abierto junto a su cuerpo inerme y exánime, cuya vida arrebatada por un grupo de ultraizquierda seguidora de los métodos de Pol Pot, es decir ETA. Hoy es un símbolo vivo de la persecución y el crimen para acallar las voces que no son del agrado de las huestes totalitarias. Le asesinaron para que no pudiera seguir escribiendo y porque su testimonio vital y palabra clamaban contra el totalitarismo y predicaban la libertad.

 

La víspera de escribir este exordio para la libertad de prensa disfruté de la película “Los archivos del Pentágono” que viene a cuento del dilema que persigue al periodismo entre el riesgo por informar y ser fiel a la verdad por incómoda que sea y las conveniencias económicas; o las consecuencias que conllevan informar sin condicionantes de partida, sin sujetarse a las presiones de los poderes o grupos organizados. Esta película es una buena analogía de lo sucedido por la agresión sufrida por La Tribuna de Cartagena y por el compromiso de su director Josele Sánchez con la verdad, la libertad y la coherencia respecto a lo que se piensa. Se suele decir que si uno no actúa coherentemente con lo que se piensa se acaba pensando de la misma manera que se vive.

 

A modo de ejemplo, hace semanas, en mi ciudad, Vitoria, se vienen sucediendo unas manifestaciones con tractores y gran escandalera porque hay una familia de personas de etnia gitana incapaz de vivir en sociedad, que amenaza, roba, y agrede a todo aquel que se le pone por delante. Ese clan ha sido reubicado por las instituciones varias veces en diferentes lugares, hasta que tomaron la decisión de instalarles con todos los gastos pagados y ayudas económicas para que vivan dignamente en un pueblo cercano a Vitoria. Y vistos los precedentes, los vecinos de ese pueblo se niegan a acogerles, no sin razones para esa negativa. Los medios de comunicación locales no han dado ni una referencia de ese conflicto, por no ser calificados de xenófobos y por no contradecir al Ayuntamiento de Vitoria. La pregunta es si eso es libertad de prensa.

 

Cuando yo fui Delegado Territorial de Educación, allá por los años ochenta, fui sumamente riguroso a la hora de aplicar la ley, sin concesiones a la arbitrariedad ni a las presiones de los grupos organizados, todos ellos del entorno de los movimientos abertzales y del nacionalismo. Ello conllevó una persecución informativa rayana con la difamación por parte de uno de los principales medios de información locales, fruto de la cual no tuve otra solución que dimitir al no ser capaz de soportar la presión.  La pregunta es si eso es libertad de prensa.

 

En ambos ejemplos se plantea el problema de la prensa independiente, no afecta ni influenciable por las presiones ambientales o de los grupos de poder; o de quienes tratan de coartar las libertades y la primacía del Estado de Derecho.

 

No es el caso de La Tribuna de Cartagena, que cumple a rajatabla el principal principio que debe regir el derecho a la información y la libertad de prensa, imprescindible para que haya democracia. Este principio exige que nada debe perturbar esa función informativa, por muy poderosa que sea la presión.

 

Por ello es digno de agradecimiento el Observatorio de la violencia de la extrema izquierda, impulsado -entre otros- por Josele Sánchez, para que nada condicione algo tan sagrado para la democracia como es la libertad de prensa y el derecho a la información.

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