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Carlos Roldán
Martes, 6 de febrero de 2018

Banalidad y arte contemporáneo

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Decía Ortega que nos encontramos en la era de la reproductibilidad técnica y ello implicaba el fin del arte, en términos de esencialidad y originalidad. La reproductibilidad técnica convertía a la Gioconda en un espectro a fuer de verla en todos lados no estaba en ningún sitio, la máxima visibilidad conllevaba paradójicamente un efecto de borrado: Verte en todos lados te convierte en ausente.

 

Además, los lienzos de Da Vinci nada pueden contra el ordenador de mi vecino, el cuadro "original" ya no se distingue de su copia y además es posible que la copia sea de mejor calidad, y ello implica que el cuadro sale del museo para ser colocado en un paquete de galletas o mejor, en unas bragas de todo a cien. Todo ello no deja de ser normal, sino fuera porque la práctica degenerativa ha enloquecido y ya no es objeto de contemplación estética la Gioconda, sino el excremento que tapa su cara en las bragas del todo a cien de una "performer", colgadas en un Museo de Nueva York bajo la aclamación de cientos de hipsters con cabellos de colores... el ejemplo no es inventado, es real. 

 

No me siento escandalizado por ello, de hecho me parece que la imagen de La Gioconda envuelta en mierda da para muchas reflexiones, y que puede ser una metáfora de cientos de conceptos útiles, una imagen que comunica, pero que no convierte a un comunicador en artista. Y ahí es donde voy, un artista no es un comunicador, al menos todo lo que comunica no es arte. Y además, hay arte que no comunica nada en absoluto. El artista contemporáneo no es más que un comunicador con mal gusto. Así de claro. Un continuo profeta de la banalidad que enfervoriza a las masas y que apuntala la moral mayoritaria con continuas reproducciones de lo políticamente correcto. 

 

Lo que quiero decir es que no me duele para nada la pérdida de la esencialidad y la originalidad si no fuera porque lo que ha venido es profundamente peor. Hoy Ortega aparece desbordado por la procesión de simulacros en que se ha convertido la era digital y en la que la saturación heredada de la reproductibilidad técnica se acompaña de una exaltación de la confusión a todos los niveles bajo el entusiasta talón de cheques de jeques árabes(los mismos que no dejan mostrar el rostro a sus mujeres), de ricachones israelíes  que financian los sentidos lloriqueos de  sus artistas plañideras y de multinacionales americanas que tapan dinero negro con grandes eventos artísticos internacionales  repletos de banalidad y buenas intenciones absolutamente ñoñas.

 

El llamado mercado del Arte es  una secta de la banalidad conjurada para proclamar el crimen perfecto del que hablaba Baudrillard en su libro del mismo nombre. Han hallado la materialización del sueño fascista de acabar con toda resistencia posible al mal a través de la estetización del mal mismo. Mola ser malo o al menos  parecerlo claro,  porque ser malo no deja de ser un esfuerzo ingente de villanía propio en el fondo de alguien esforzado y el esfuerzo, incluso del mal, ha sido sustituido por la mamarrachada del chiste ingenioso e irreverente del cual no tendría  por qué quejarme de no ser por reclamar el estatus de artista o incluso, de genio... ¿Cómo vamos a comparar a Jack el Destripador o al Marqués de Sade con las Femen? 

 

Donde todo es sexual ya nada es sexual, donde todo es político ya nada es político, donde todo es estético ya nada es estético. La saturación de signos termina acabando con la idea misma a la que aludían los signos y estos profetas banales han agotado ya todas las liberaciones posibles. Todo ha sido ya liberado y cuando todo ha sido liberado  todas las cartas han sido marcadas y nos hemos quedado por delante de todas las finalidades por lo que el arte contemporáneo se muere de una profunda tristeza postcoital y sólo queda simular que se sigue acelerando en el mismo sentido...pero aceleran ya desde hace mucho en el vacío. 

 

Claro que hay muchísimas excepciones, como los divinos Akram Khan  o Joseph Beauys y otros que apuntan en la misma dirección pero como discurso es absolutamente repetitivo, empozoñante y aburrido. Si hay que aguantar repeticiones, yo prefiero repetir puestas de sol a pedos, incluso del culo de un "genio". Por cierto, la dieta y los gustos sexuales de un artista no deberían servir para nada, que a mí no me gustan los sermones. 

 

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1 Comentario
Fecha: Martes, 6 de febrero de 2018 a las 18:35
Escipion
Para los que no tenemos conocimientos en temas de arte generalmente apreciamos más un Carlos V a caballo o un Santiago apóstol a caballo que cosas más modernas.Como podría ser un excremento en un tarro de cristal flotante o una teta de las femen dibujada por Miró.

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