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Pedro Conde Soladana
Miércoles, 21 de febrero de 2018

BARRER VESTIGIOS. LEVANTAR MONOLITOS A CANALLAS

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¡Ay, esa ley que  nos quieren imponer, implicando a la memoria, quienes arrasaron las leyes en el pasado! ¡Ay, esa tortuosa, artificiosa y arbitraria ley! La ley de la Memoria Histórica es un enunciado, un sintagma que encierra en esas tres palabras, al juntarlas, tres gigantescos y criminosos despropósitos. ¿A quién se le ocurrió? A quién se le iba a ocurrir sino a un sectario, un voluntario desmemoriado o un bellaco, que disfraza con una sonrisa de imbécil las turbias intenciones de un malvado. Un tal ZETAPÉ. Ahora sus secuaces buscan ampliar esa ley de la venganza, disfrazada de piedad por las víctimas de un solo bando, para que, la memoria individual elevada a colectiva, haga de una de las páginas más dolorosas y sangrientas de su Historia nacional un relato que truque la amarga realidad, que es que España se partió en dos bandos y uno y otro cometieron crímenes, algunos horrendos, en sus retaguardias. Es más, por las propias declaraciones de quienes hoy nos traen y defienden tan atrabiliaria crónica, deducimos que desearían arrancar las más imparciales páginas escritas por los más veraces, objetivos y profundos historiadores, nacionales y extranjeros, para sustituirlas por las miríficas de auténticos proselitistas de ideologías antiespañolas que elevan a demostrados asesinos a los laicos altares de su intolerancia; algunos con responsabilidades y tipología de genocidas. Sirva de ejemplo  de todo aquello un tal Santiago Carrillo, un Stalin a escala menor en el número de víctimas que no en el de las intenciones.

 

¿Ley de Memoria Histórica? Pero si es leer el título, conociendo ya los fines declarados, y te provoca espasmos de un vomitivo, como si fuera un purgante contra sectarios y sectarismos, contra partidarios y partidismos… ¿Puede estar tan insana y enferma una parte de la sociedad para no solo no querer curarse de una grave dolencia como es una guerra civil sino que desea  volver a provocarla en el cuerpo de la nación que tanto la sufrió? ¿Cómo combatir tal y tanta insensatez de quienes siendo ya adultos remueven las estancadas,  insalubres y sanguinolentas aguas de un terrible y ominoso pasado en perjuicio y daño de todos? ¡Si es que fueran niños, aún…! Mas, no, son mayores en edad que no en dignidad y gobierno, como nos enseñaban los viejos centones de la moral y la ética del cristianismo. Para estos individuos, el “amaos los unos a los otros” debe de ser la proclama de un “chalao” que merece ser crucificado otra vez. Han olvidado que hasta un Presidente de aquella malhadada II República, Manuel Azaña, cuando, en el segundo año de comenzada la guerra fratricida, se dio tardía cuenta del error de haber sido uno de los provocadores de la misma, dijo y rogó: “Paz, piedad y perdón”.

 

¿Se dan cuenta estos descerebrados y estupidificadores de la memoria  que con esa insensata ley, sin otra base que el odio y el rencor, arrasarían con todas las libertades básicas de una sociedad que ha llegado al siglo XXI, después de su antecesor, el XX, en el que los totalitarismos, comunista y nazi, arrasaron tales libertades que son principios imprescriptibles e irrenunciables para la convivencia de ciudadanos con el irrebatible derecho a opinar de forma diferente? Pero, tales modorros políticos ¿pueden considerarse representantes ni siquiera de una ínfima parte de la sociedad que no sea una minoría de botarates y fanáticos?

 

Puesta tan infame ley, titulada con mal, desafortunado y contradictorio nombre de Memoria Histórica, en hipotética práctica, sería un atentado mortal y mortífero, además de  contra la libertad, contra el saber. Supondría arrojar a las mazmorras de las más oscuras Inquisiciones a investigadores, docentes, discentes o simples ciudadanos que, unos por vocación y otros por gusto y placer de conocer la Historia de su Patria, España, después de haberse formado juicio sobre el pasado de la misma con los datos aprendidos, se les ocurriera a todos, bien enseñar en las cátedras, bien dar sus opiniones en los medios de comunicación o bien  y simplemente hacer un juicio en voz alta en la taberna sobre un partido político. En este caso el Partido Socialista Obrero Español, cuyos máximos dirigentes actuales promueven esa maldita ley. Es decir que si un catedrático en su cátedra, un profesor en su aula, un alumno en su clase o en el patio del recreo, o un simple ciudadano en la calle o en el bar, dan su lección u opinan sobre los crímenes y actos nefandos cometidos por el PSOE en aquel abominable pasado, no digamos ya el comunismo con cien millones de muertos en su cuenta, han de ser considerados reos de delito. Mientras que si del otro bando, el nacional, se dicen las mayores atrocidades, aunque algunas sean falacias, todo es laudable y democrático. Pero ¡sinvergüenzas!, y no me aguanto el improperio, ¿se puede ser tan parcial, injusto y arbitrario? ¿Qué os diferencia, sedicentes demócratas, de los actuales dictadores de la calaña de los Castro, Maduro, Kin Jong-un, norcoreano, etc., por citar los más recientes, algunos vivientes, o de los no tan lejanos, los Lenin, Stalin, Mao Zegong, Pol Pol, etc.? Pero ¿tanto os obsesiona el poder como para no reparar en medios ilícitos y contra toda ley y derecho intentar conseguirlo tan irracionalmente? Y ¿no se os cae la cara de vergüenza y, de una vez y para siempre, la palabra democracia de la sucia boca, cuyo nombre tantas veces invocáis en vano?

 

Ahora bien, que jueces, a los que ha de suponérseles una cultura jurídica y una cultura general como para conocer la Historia de su nación, se presten en sus sentencias a dictar que sean barridos hasta los últimos vestigios de monumentos, estatuas, placas de calles, nombres, etc. de los vencedores de una guerra civil, los del otro bando, a los que debemos, sin duda, la supervivencia de la nación española, con todos los errores y horrores cometidos también en aquella guerra, es como para sospechar en ellos connivencia y seguidismo ideológico de quienes no merecen ser reconocidos como españoles.

                La ley de la Memoria Histórica y su pretendida ampliación parece una exposición de absurdos a beneficio de inventario. Los enseñantes, los locutores, los líderes de opinión, los escritores, los comunicadores, los periodistas…, o el simple ciudadano opinante,  podrán hablar de todo y sobre todo de las maldades del franquismo. No se les ocurra hacerlo de un solo acierto de éste porque serán castigados con penas varias, entre otras de cárcel. Por el contrario, pueden hablar sin contención ni continencia de los grandes aciertos y actos políticos del PSOE. Pero que no se les ocurra platicar de sus grandes errores, incluso crímenes de éste, porque también serán castigados con graves penas, incluidas las de mazmorra. A pesar de que todo, lo bueno y lo malo de ambos bandos, esté en los libros y los documentos en que éstos se apoyan. Vamos que la Historia de España tiene que desembocar, por las buenas o por las malas, en la última página que se escriba hoy, mañana y siempre,  en el paraíso socialista o comunista, que viene a ser lo mismo. 

De la cobardía y oportunismo del resto de los partidos políticos -Podemitas aparte como accidente y cuña de otra muy mala y carcomida madera- sedentes en el Parlamento avalando con su silencio y lavado de manos, como Pilatos, tan bochornosa, humillante y maligna ley, merece juicio separado y lectura para otro día.

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