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Manuel Parra Celaya
Domingo, 18 de marzo de 2018
memoria histérica: opinión de Manuel Parra Celaya

El alcance de las purgas de la memoria

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Noticia clasificada en: Memoria histérica

[Img #10045][Img #10046]La vesania de retorcer el pasado, reinventarlo, transformarlo, ocultarlo, silenciarlo, tergiversarlo, que todos estos verbos pueden aplicarse a esta aberración- va mucho más allá de las aplicaciones y tentativas que se llevan a cabo en España y en otros parajes de nuestro entorno.

           

Es una estrategia obsesiva de la corrección política que invade todo Occidente y que consiste, de entrada, en manipular la historia para dominar el futuro y, con más calado aún, en anular la herencia de los siglos, imposibilitando cualquier mirada racional y crítica sobre ella, con lo que se obtiene fácilmente extinguir cualquier asomo de opinión libre sobre el presente que no venga determinada y auspiciada por los poderes universales del Nuevo Orden.

           

Me viene a la memoria la respuesta que me endilgó cierto profesor universitario, ya hace unos años, ante mi pregunta de por qué no se mencionaba a determinado autor en su, por otra parte, excelente clase magistral: no está en el canon. El maldito y misterioso canon, pensé para mí; ¿y quién lo había establecido? Pronto deduje que la transmisión de la cultura, indispensable para promover su avance y garantizar un auténtico progreso, estaba supeditada a esotéricas leyes canónicas, no escritas en aquel momento todavía, pero inexorables en su control.

           

Todo este preámbulo tiene que ver con noticias sueltas de este momento, anécdotas más o menos trascendentes en sí mismas, pero que, miradas como en un calidoscopio, configuran con claridad el mundo que se nos quiere imponer y la mentalidad que, velis nolis, se nos quiere construir desde los laboratorios de la ingeniería social.

           

La anécdota más local e intrascendente, casi un ridículo chascarrillo, es el reciente desmontaje y arrumbamiento en Barcelona de la estatua de Antonio López, marqués de Comillas, por la acusación de que, entre sus negocios de ultramar y mecenazgos barceloneses, figuraba sin duda la trata de esclavos. Nadie, en su sano juicio y desde la perspectiva axiológica de hoy, haría apología de esta barbaridad, del mismo modo que, en su época, pocos se la echarían en cara, toda vez que era práctica habitual hasta mediados del XIX. Es algo así como si lleváramos a los tribunales a Julio César, acusado, por ejemplo, de criminal de guerra…

           

La segunda anécdota tiene más enjundia y llega desde la Universidad de Londres, donde, el año pasado, un sindicato de estudiantes exigió que desaparecieran del currículo de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos los nombres de Platón, Kant y Descartes, por ser muestras de colonialismo. La tercera noticia, más reciente, proviene al parecer de los ardores suscitados por la celebración del 8 de marzo y reflejados en una revista femenina de CCOO, en una soflama educativa, en la que, junto a otras lindezas (no segregar los baños por sexos, prohibir el fútbol en la hora del patio, eliminar nombres católicos de los colegios…), se insiste en suprimir libros de Pablo Neruda, de Javier Marías o de Arturo Pérez-Reverte; por cierto, este último ha llamado festivamente a las promotoras de la idea tontas del chichi, apelativo escasamente académico pero muy popular.

           

Según este criterio políticamente correcto, me extraña que no hayan pedido la purificación por el fuego de obras de Cervantes, Lope, Quevedo, Santa Teresa, Larra, Ortega, Pedro Salinas, Miguel Hernández y, sobre todo, del Dr. Marañón.

           

Como ven, no solo se trata del franquismo y de la guerra civil, temas recurrentes y monomanías enfermizas de la izquierda y pesadilla de la circunspecta derecha que rechaza ahondar en el tema solo por razones presupuestarias. La cosa va mucho más alá, porque incluye toda la historia, toda la tradición heredada, toda la cultura y la vida del ser humano desde esa hominización que tengo para mí que, en el momento actual, está revertiendo en el proceso contrario de la deshominización, a pasos agigantados.

           

Un reciente manifiesto, este sí firmado por verdaderos historiadores, investigadores, profesores y periodistas, se posiciona en contra del relato único de la historia; se dice en él que no se debe borrar por una ley la cultura, el sentido ni la memoria de un pueblo, y, mucho menos, por razones ideológicas, y acusa a la memoria histórica de marras con el certero calificativo de historicidio.

           

Me temo que estos esfuerzos no van a servir de mucho. Ya he dicho que la intención es de mucho más calado y extensión. Que yo sepa, yo no tengo antepasados esclavistas, pero he estudiado a Platón, a Kant y a Descartes; he leído con sumo gusto Veinte poemas de amor y una canción desesperada y, qué les voy a decir, soy un fan de Pérez-Reverte y demás hermanos mártires.

           

Por si acaso, voy a poner mi biblioteca a resguardo.

                                                                  

 

           

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