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Manuel Parra Celaya
Domingo, 25 de marzo de 2018
Opinión de Manuel Parra Celaya para La Tribuna de Cartagena

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                [Img #10202]

Posiblemente a las feministas les parecerá una injuria aquello de la Donna è Mobile y, por lo tanto, Rigoletto figurará en su Índice de elementos culturales que llevan a la hoguera, y acaso tengan razón. Porque no es solo la mujer, ni mucho menos, quien representa la inconstancia y la mutabilidad de sentimientos y opiniones, sino que numerosísimos varones participan de igual rasgo con tanta o mayor intensidad.

 

                La historia está llena de ejemplos, y estos días de Semana Santa nos ofrecen uno de los más evidentes: con toda seguridad, muchos de los que formaban parte de la multitud que aclamaba al Mesías con sus Hosannas el domingo de Ramos formaban parte de quienes, pocos días después, votaban democráticamente en el Pretorio por Barrabás y gritaban el Crucifícale contra el Nazareno y dirigido al tonto del haba de Poncio Pilatos.

 

                Ha sido narrada mil veces la anécdota de aquel periódico parisiense que, tras la huida de Napoleón de su encierro de Santa Elena, iba cambiando de titulares y de postura, desde los insultos hacia el derrotado Emperador hasta las loas infumables, conforme el Gran Corso se acercaba a París con sus fieles soldados; tampoco sería nada extraño que muchos italianos que aclamaban a Mussolini en la Plaza de Venecia de Roma arrastraran su cadáver por las calles de Milán pocos años después; un viejo libro, Italia fuera de combate, del periodista Ismael Herráinz, contiene, aparte de la crónica política, un verdadero tratado sobre la naturaleza humana.

 

                Los que vivimos la transición en edades de plena lucidez fuimos divertidos testigos de cómo de transformaban rápidamente las lealtades inquebrantables al compás de los acontecimientos y circunstancias; y, al llegar a este punto, no puedo menos de recomendar la relectura de aquel Dietario del olvidado Rafael García Serrano, exabruptos incluidos, para demostrar la veleidad de muchos compatriotas.

 

                Pero acaso sea la actual y no solucionada crisis provocada por el golpismo separatista en Cataluña la que muestra ejemplos más recientes y claros de la inconstancia y volubilidad de las personas, abocadas, no a una situación límite (la aplicación del 155 no ha sido para tanto), aunque sí a ciertas tensiones y riesgos que se suponía estaban previstos por los conjurados.

 

                Si hemos ido siguiendo las declaraciones ante los jueces de la mayoría de los llamados a prestar testimonio sobre su conducta aquellos días de septiembre y octubre del año pasado, encontraremos muchas perlas que llenarían antologías de versatilidades cuando no se bajadas de pantalones.

                Han sido legión los que manifestaban ante la ley que se trataba en todo caso de una declaración simbólica de independencia, sin ningún alcance práctico ni político; creo que solo una señora o señorita de la CUP (cuyo nombre no figura, por supuesto, en mi memoria y no tengo ganas de buscar en mi archivo de prensa) confirmó su actitud con cierta gallardía, y, para más inri, fue puesta en libertad sin cargos, con lo que quedó frustrado su papel de víctima y heroína.

 

                Los twists y mensajes de móvil detectados y publicitados acerca de la distancia entre planteamientos y realidades entre el señor Puigdemont y uno de sus adláteres en el exilio dorado no pudieron ser más significativos; creo que últimamente ha declarado que existen otras alternativas sin pasar por la independencia o algo así, pero ya empiezo a estar saturado del tema.  

 

                Se va comprobando que solo quienes han renunciado a la funesta manía de pensar, las gentes de a pie más desinformadas o fanatizadas por el adoctrinamiento sostenido, siguen creyendo ingenuamente en sus líderes y mantienen en sus solapas sus ya ajados y deslucidos lazos amarillentos.

 

                También es sumamente aleccionador comprobar los cambios de orientación de editoriales y colaboraciones en la prensa más sesuda -y subvencionada- acerca del procés y sus posibles derivaciones. Volviendo a la historia, me recuerdan, como de un huevo a otro huevo, las actitudes de muchos nacionalistas catalanes que se pasaron con armas y bagajes a Burgos durante la guerra, y sus fervorines, allí durante la contienda, y aquí, terminada esta, dirigidos a Franco. Lo dicho: la naturaleza humana.

 

                Reconozcamos, en consecuencia, que es propio del hombre variar de opiniones; la ductilidad que produce la maduración y la capacidad de reflexión no es un defecto, sino acaso una virtud de almas generosas, como el reconocer los propios errores; algo de eso nos dejó escrito, por ejemplo, el doctor Marañón. Pero entre esta cualidad y el vergonzante cambio de chaqueta hay un abismo.

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