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Andrés Carballo Martín
Viernes, 30 de marzo de 2018
Opinión de Andrés Carballo Martín para La Tribuna de Cartagena

A propósito de Hawking

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[Img #10305]

Cada vez que muere alguna celebridad y el sínodo mundialista se reúne para proclamar su santidad secular, procuro realizar un somero examen sobre los “heroicos” motivos de la canonización y analizar la causa de la unívoca veneración. Más interesante aún para mí es el caso del científico (cientificista lo llamaré más propiamente) fallecido recientemente, pues como aficionado a la física –en la que no dejo de ser un soberano profano-, estoy especialmente interesado en la repercusión del finado y de su legado. En estos casos ese viejo adagio que reza “si el sabio reprueba, malo; si el necio aplaude, peor” es sumamente útil.

 

 

[Img #10307]Y es que en esta confusa sociedad en la que vagamos, determinados personajes son embalsamados con un pastiche de formol y alabanza  incontrovertida; ello hace más sospechosas sus confusas heroicidades. Incluso en casos de individuos como Ernesto Guevara, aun existiendo una adoración miserable por parte de una muy amplia caterva de descerebrados, siempre hay un nutrido grupo de disidentes que destapan la engañifa publicitaria del interfecto, sabiendo garabatear en la foto de Korda un par de cuernos demoníacos. Sin embargo con otras celebridades más taimadas la idolatría es generalizada y casi no presenta disidencia. Pasó esto hace no mucho con Nelson Mandela cuya sombría figura fue elevada al panteón modernista de los Gandhi, Chaplin, Luther King y otros ensotanados que pontificaron sentados en el trono plomizo del humanismo. Ahora ha vuelto a pasar lo mismo con el celebérrimo Hawking.

 

 

¿Por qué? ¿Qué hizo el cientificista Hawking para merecer un aplauso unánime y las lágrimas reptilianas del común de los opinadores? Yo se los diré: ¡nada! Nada útil para la humanidad. Stephen Hawking es un perfecto producto de mercadotecnia cuya contribución a la ciencia no ha sido más que un puñado de presuntuosas presunciones hipotéticas que no podrán ser comprobada nunca y que han venido a engrosar el compendio disparatado de supercherías en las que se ha convertido la física moderna. El panorama engrandece más si cabe la figura del austrohúngaro Tesla, verdadero científico, quien nos dejó esta brillante observación: “los científicos de hoy han sustituido a los experimentos por las matemáticas, vagan de ecuación en ecuación, y eventualmente construyen una estructura que no tiene relación con la realidad”. ¡Cuánta razón profética!

 

 

Hawking, genuino vendehúmos, se hizo famoso gracias a un hábil entramado publicitario que lo convirtió, con provecho de su lamentable estado físico tan atractivo a esta sociedad enfermiza, contradictoria y morbosa, en un prohombre del progreso y la razón. Pero la realidad es tozuda, y ésta nos indica que la física no ha  avanzado un sólo ápice “gracias” a sus hipótesis (yo diría conjeturas, sospechas, figuraciones), ninguna de ellas comprobadas -ni comprobables-, muchas contradichas por sí mismo, y todas ellas enmarcadas en un academicismo científico sectario, endogámico e hipercensurado. Ni una sola contribución verdadera, ni un solo avance que lo hubiera hecho merecer, v.g., un Nobel, al menos uno de ciencias, pues conocida la fama de benefactor de la humanidad que el statu quo le ha otorgado y dados sus escasos méritos reales, su aproximación más realista al premio sueco sería el de recibirlo en Oslo, no en Estocolmo*.

 

 

El británico dijo buscar la teoría del todo, pero de ese todo nos dejó nada; escribió media docena de libritos en los que simplificaba sus extravagancias y las reducía a desvaríos “entendibles” para el público profano (quizás ese fue su más hábil logro, el de ser un Asimov capaz de camuflar la ficción de su “ciencia”); nos habló de agujeros negros, mientras de ellos seguimos sabiendo a ciencia cierta lo mismo que antes de que su voz se volviera metálica; nos dio lecciones sobre el big bang, sin que hasta la fecha la tal controvertida explosión sirva más que para [Img #10306]dar título a la celebrada serie televisiva; como si de un Orson Welles venido a menos se tratara, nos metió miedo en el cuerpo acerca de invasiones de extraterrestres conquistadores (posiblemente hispanohablantes) que vendrían en carabelas intergalácticas a aniquilarnos y llevarse nuestro oro; fue un campeón del tremendismo climático presentándonos un futuro muy “gore”, al estilo Al Gore; para regocijo de las logias internacionalistas, quiso arrebatarle a la metafísica el “meta”, metiendo a la “física” en un torbellino de atrevimiento tan aplaudido como malsano y temerario; cabreado con Dios, quiso matarlo en el agujero negro de su mente y, en una suerte de nuevo paganismo retrógrado, entronizar al dios Cronos como nuevo emperador de un cosmos caótico.

 

 

 

Si usted repasa los artículos publicados en diarios y revistas a raíz de la muerte del ídolo comprobará como, aun aireándose algunos con los pretenciosos títulos de “¿Por qué Hawking mereció el Nobel?” o “¿En qué cambió Hawking la ciencia?”, ninguno de ellos da absolutamente ninguna respuesta a la pregunta de cabecera, mientras divagan sobre bagatelas amarillistas. Hace unos días a Salvador Sostres se le ocurrió, atrevido él, escribir sobre el finado cientificista una serie de verdades incómodas y disonantes en ABC . La “santa” inquisición del academicismo, jaleada por una inmensa y desaforada turba de lectores de la Quo, condenó al blasfemo Sostres a la hoguera.

 

 

Aquí estoy yo también, ¡quemadme! Arderé junto a vuestras vanidades.

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