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Josele Sánchez
Viernes, 6 de abril de 2018
Crítica cinematográfica de Miguel Díaz González para La Tribuna de Cartagena

Guillermo del Toro: La forma del establishment

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Desde que en 2013 Guillermo del Toro estrenase Pacific Rim con resultados agridulces entre crítica y taquilla no corrían buenos tiempos para el cineasta mexicano.  Dos años más tarde, Del Toro nos traía La cumbre escarlata (Crimson Peak), reivindicable cinta de terror gótico que pasó absolutamente desapercibida. A partir de ahí empezó a sufrir sus más grandes reveses: Se le impidió dirigir su largamente esperado Hellboy III, apartándolo completamente de la franquicia, y para colmo de males corrió una suerte parecida con la segunda parte de Pacific Rim, donde también se le ha negado la silla de director relegándolo a unas labores de producción prácticamente testimoniales. No obstante, Guillermo del Toro es un cineasta astuto e incansable que estaba planeando su jugada maestra para regresar por todo lo alto. La llave de su triunfo residía en dos palabras mágicas: corrección Política.

 

Del Toro era perfectamente consciente de la deriva hacia la corrección política y el multiculturalismo del establishment hollywoodiense. Solo hacía falta ver cómo en los Oscars se estaban premiando películas por méritos estrictamente ideológicos, donde las valoraciones artísticas quedaban en segundo plano.  Solo hay que remitirse a la edición de 2017 para observar cómo un título ya olvidado como Moonlight (Nicholas Britell) lograba la estatuilla a la mejor película mientras que otros títulos como Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, Mel Gibson, 2016) o Sully (Clint Eastwood, 2016) eran descaradamente ignorados por la academia. Pero claro, Mel Gibson y Clint Eastwood son, como poco, unos reaccionarios para la Academia y nadie quiere premiar a gente con unas ideas tan feas, ¿verdad? Que sus películas sean buenas ya es lo de menos.

 

En estas circunstancias Guillermo del Toro toma nota de la corrección política imperante como un alumno aventajado y urde La forma del agua. Una película que tiene todos los ingredientes para alzarse con un puñado de estatuillas y tener a todo crítico y persona bienpensante comiéndole de la mano.  En La forma del agua tenemos hombres blancos heteropatriarcales malísimos, un gay, una mujer con taras de protagonista, una coprotagonista de color e incluso un comunista bienintencionado. ¡Ah! También hay un monstruo acuático, aunque eso es lo de menos. 

 

Con semejante reparto inclusivo, ya tienes garantizada la satisfacción y el beneplácito de prácticamente todo colectivo especialmente chillón. Una protagonista femenina, Sally Hawkins (Eliza Esposito), medianamente atractiva y con discapacidad pero segura de sí misma, de su sexualidad y que parece no mostrar interés alguno en los varones, personaje que hará que toda feminista de pro le otorgue el pulgar arriba. Además se complementa con la coprotagonista de color Octavia Spencer (Zelda) que da más razones para la alegría feminista y cubre la necesaria cuota racial, y con la que por otro lado tenemos a una mujer noble y luchadora que es oprimida por su inútil y estúpido marido que solo se diferencia de los diabólicos hombres blancos en que no es malvado. Para terminar de adornar este elogio a la corrección política no puede faltar el imprescindible gay, en este caso Richard Jenkins (Giles) interpretando a una panacea de virtudes humanas que hará las delicias de los colectivos LGTBI, que no falte el recalcar que prácticamente todo lo malo que le pasa es por ser gay. Enfrentados a estos unidimensionales estereotipos de la virtud están un montón de hombre blancos heteropatriarcales encabezados por el extremadamente cruel Richard Strickland, malo de folletín interpretado por un esforzado Michael Shannon que desgraciadamente cuenta con un papel aún más esterotipado que apenas le deja espacio para construir un villano mínimamente humano. De entre los hombres blancos se desmarca como villano Michael Stuhlbarg (Doctor Hoffstetler) principalmente porque es un comunista ruso, y aunque hay comunistas malos en la cinta si abrazas la izquierda, incluso en su vertiente más asesina, no tienes por qué ser necesariamente malvado, algo que no pasa con el hombre de clase media norteamericano. El único papel que se defiende con dignidad es precisamente el del personaje anfibio, posiblemente al no estar sujeto a ningún rol políticamente correcto (aún no hay asociaciones de defensa de los hombres pez).  Doug Jones lo interpreta con maestría.

 

Aquí está precisamente el gran problema de La forma del agua como película y su gran virtud para ganar Oscars. Todo en este título es un monumento a la corrección política, un tributo a la vacuidad. La colección de estereotipos acartonados mezclada sin rubor con un vulgar trasunto de La Mujer y el Monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold, 1954) la hace una de las peores películas de Guillermo del Toro porque todo está diseñado para funcionar de una forma tan siniestra en su fondo como pretenciosa en sus ambiciones.

 

[Img #10470]El mejor ejemplo de la catadura moral de la que hace gala el cineasta lo ejemplifica perfectamente el personaje homosexual interpretado por Richard Jenkins. En un momento dado toca la mano de un chico sin su consentimiento y este último reacciona de la peor de las maneras. Guillermo del Toro trata de que el espectador asuma que la aptitud equivocada es la del toqueteado y no la del toqueteador, se asume que por poco tolerante. Al poco de producirse el tocamiento no deseado entra en escena una familia negra que es expulsada violentamente por el chico, al que solo le falta sacar una esvástica para dejar claro el mensaje: Si reaccionas mal ante que un hombre te toque sin tu permiso eres un nazi. Lo gracioso llega minutos después, cuando la protagonista sufre otro contacto físico no deseado por parte de Richard Strickland (Michael Shannon) de naturaleza muy parecida a la del contacto anteriormente citado. Pero en este caso se le hace asumir al espectador que cuando dicho tocamiento no deseado lo ejerce un hombre heterosexual, el malvado es el que toca y no quien rechaza airadamente tales insinuaciones. El mensaje es perturbador: Si un hombre gay toca sin permiso a otro hombre hay que ser tolerante, si un hombre heterosexual toca sin permiso a una mujer tolerancia cero. Llámenme raro, pero soy de los que piensan que el acto de tocar a alguien sin permiso está mal independientemente del sexo u orientaciones sexuales de una de las partes.

 

La jugada con La forma del agua le salió redonda a Del Toro y logró la friolera de cuatro estatuillas (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Diseño de Producción, Mejor Banda Sonora) mientras que películas que no solo eran superiores sino realmente críticas como Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh, 2017), Los archivos del Pentágono (The Post, Steven Spielberg, 2017) y Detroit (Kathryn Bigelow, 2017) sufrían uno de los ninguneos más vergonzosos que recuerdo en los Oscars. Especialmente sangrante es el caso de Detroit, película que recrea con maestría y crudeza un incidente de carácter racial y está dirigida por una mujer. Lástima que a su directora la izquierda radical jamás le va a perdonar La Noche más Oscura (Zero Dark Thirty, 2011) en la que se atrevió a filmar la muerte de un señor tan respetable como Osama bin Laden a manos de los fascistas americanos. ¡Te quedas sin estatuilla, Kathryn Bigelow! Para que aprendas. Por lo demás enhorabuena por su campaña de marketing a Guillermo del Toro y mis condolencias para los amantes del cine y la libertad de expresión.

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