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Dr. Raúl Fernández González
Martes, 10 de abril de 2018
memoria histérica. Opinión del Dr. Raúl Fernández González

Comisión de LA verdad

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Noticia clasificada en: Memoria histérica

Un problema de la memoria histórica es que no todos los que se alzaron en el 36 eran franquistas; ni entonces ni en el 39 ni desde entonces hasta el 75. La consecuencia de tomar la parte por el todo es una avalancha de incongruencias: Igualando Alzamiento a franquismo y este a España-franquista durante cuarenta años, resulta que millones de españoles han sido franquistas, muchos sin sospecharlo siquiera. Desde el punto de vista democrático, la ley de memoria histórica arroja de la historia a buena parte del pueblo español; del pueblo ¡madre  mía! en cuyo nombre invocamos la memoria ¿histórica?

[Img #10586]1936: guerra civil española. Ciudad atacada por un bando, férreamente defendida por el otro y finalmente tomada al asalto. Un soldado vencedor lleva en su mano, triunfante, un jamón que muestra orgulloso en alto. A veinte metros, su teniente acierta exacto un tiro de pistola en el corazón y le mata en el acto: hay que cortar de raíz cualquier conato de pillaje. El niño que vio la escena lo contaba años después, grabado con precisión y exactitud el drama en su cerebro. ¿Era su relato “memoria histórica”? Parecería que sí; según la ley, depende: ¿De qué bando eran aquellos militares? Al ser ambos [Img #10605]militares del mismo bando, ¿les afecta la ley de memoria histórica? El hecho narrado hasta ahora es cierto, pero no completo. La verdad fue aún más trágica: En la acera, delante de su portal, a quince metros del soldado abatido, en sentido opuesto a la posición del teniente, se encontraba una mujer mayor; corrió desesperada a socorrer al moribundo. Ella le había regalado el jamón. Pero tampoco esa era la verdad completa: el regalo era en agradecimiento por haber salvado la vida a su marido, prisionero desde semanas antes y a punto de ser fusilado por los defensores en represalia por el asalto. Pero esa tampoco era la verdad completa…

 

[Img #10587]¡La verdad! Según donde inicie o finalice el recuerdo, así nos parece que hechos lejanos fueron o no memoria histórica. ¿Y la verdad histórica? ¿Cómo llegar a conocerla?, ¿es posible?, ¿y si no hubiera “la verdad, que hacemos? Una solución pragmática: se decide por ley, democráticamente aprobada, lo que ocurrió y se zanjan así recuerdos difusos, memorias vacilantes, investigaciones históricas, debates y discusiones. Si alguien disiente, decide la Comisión de LA VERDAD. “Y si no creemos que exista LA verdad, ¿Cómo vamos a crear esa Comisión? ¿Con alguien que sí crea en ella? ¿Quiénes son esos?”. También hay otra opción más lógica: hacerlo a la inversa: la Comisión de la verdad dice por adelantado que ocurrió. Si alguien disiente, se le aplica la ley. Al final, el resultado es el mismo, que importa el orden. “Pero, insisto,  nosotros decimos que no existe LA verdad”. ¿Y qué?, así fueron los juicios de Moscú en las purgas de Stalin y funcionó…El cero y el infinito.

 

Si no existe la historia; si todo es desde 1936 y por definición memoria histórica ¿de qué historia estamos hablando? Estamos en la post-historia igual que en la post-verdad.

 

[Img #10585]La violencia es la partera de la Historia. Castro se alzó justamente en armas contra la tiranía de Batista. El triunfo en la  guerra confirmó la legitimidad de origen de su poder. Nada es discutible al respecto. El alzamiento en el 36 de media España, “que no se resignaba a ser eliminada por la otra media”, contra el gobierno del Frente Popular y su triunfo por las armas también confirmó, sin discusión, su legitimidad de origen. ¿O sí es discutible? ¿Uno y otro caso? ¿Y si no fue un alzamiento justo? ¿Y si fue justo? ¿Y si el gobierno del Frente Popular hubiese perdido la legitimidad de ejercicio? Todo eso podría ser materia de la Historia, de investigación y debate; pero no ha lugar: dejará de existir para dar paso a la Comisión de LA verdad de la memoria histórica y su ley, que decidirán.

 

Un problema de la memoria histórica es que no todos los que se alzaron en el 36 eran franquistas; ni entonces ni en el 39 ni desde entonces hasta el 75. La consecuencia de tomar la parte por el todo es una avalancha de incongruencias: Igualando Alzamiento a franquismo y este a España-franquista durante cuarenta años, resulta que millones de españoles han sido franquistas, muchos sin sospecharlo siquiera. Desde el punto de vista democrático, la ley de memoria histórica arroja de la historia a buena parte del pueblo español; del pueblo ¡madre  mía! en cuyo nombre invocamos la memoria ¿histórica?

 

Puestos a hacer memoria histórica, reivindiquemos la de los arrianos visigodos en España. Rey durante quince años, con varias guerras civiles por medio, Recaredo debe desaparecer de la historia; los efectos del III Concilio de Toledo deben dejarse en suspenso; proclamar el arrianismo es un deber democrático que nuestra memoria histórica exige.

 

Lamentablemente el Reino Unido ha salido de la Unión Europea; de lo contrario, nuestra memoria histórica debería exigir al gobierno de su graciosa majestad que elimine de la historia el reinado de su Isabel I y ahorrarnos así la polémica sobre si fue o no legítima reina de Inglaterra y el follón de la escuadra invencible, asunto este muy desagradable.

 

La ausencia de Historia nos conduce a historias, mejor dicho a historietas y estas a cuentos. Mucho cuento es lo que se ve en la memoria histórica. Si nos atenemos al concepto individual de memoria como una de las clásicas potencias del alma que decía el catecismo, difícilmente podríamos hablar de memoria histórica como patrimonio colectivo; no parece haber sido ese el camino seguido. Quizá se haya partido de los llamados inconsciente colectivo o del imaginario colectivo, algo que nadie sabe muy bien que son, si es que son algo. Sí es de mayor consistencia, lo que Rof Carballo denominó “urdimbre afectiva”; pero esta es de orden personal e intransferible, no colectiva, así que hemos de encontrar el sustrato psicológico que, siendo personal, puedan tener en común diversos individuos y pueda manifestarse de forma colectiva e irracional.

 

[Img #10584]Características psicológicas comunes al iniciador de la memoria histórica, Zapatero, y a su seguidor Sánchez, son el atrevimiento propio de la ignorancia y la puerilidad. Contrastar con la realidad desvaríos procedentes de querer ganar una guerra con el BOE, ochenta años después de que terminara, es frustrante. La frustración de los seguidores de la memoria histórica se manifiesta estrambóticamente en lo que la sabiduría popular, acertadamente, ha denominado memoria histérica. Ni Charcot en sus sesiones de los martes en el hospital la Salpêtrière lo hubiera hecho mejor. La histeria de la memoria es la nueva doctrina del izquierdismo, la enfermedad infantil del nuevo pseudosocialismo y sus nuevos derechos.

 

Quitar placas de las casas, retirar inscripciones, monumentos, escudos,… no es suficiente. Borrar el pasado franquista de los próceres socialistas exige destruir pantanos, pueblos de colonización, universidades laborales,…La urdimbre afectiva de los Bono, Fernández de la Vega, Chaves y sus cachorros así lo requiere: hay que matar al padre. Por eso se prefiere el abuelo represor en Asturias al padre franquista. Pues va a ser que no, no hay problema; más madera, que es la guerra. A moro muerto, gran lanzada; Franco y varias generaciones de españoles, autores de todos los males van a desaparecer de la historia en virtud de la histeria y con ellos los papás franquistas.

 

Tanto alabar a Largo Caballero y a Negrín podría crear un problema a la memoria definitivamente histérica ¿Cómo ocultar sus crímenes? ¿Y qué hacemos con Besteiro? Los comunistas lo han resuelto: pío, pío que yo no he sido, que por algo Podemos; que Carrillo era de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas); en Cataluña fue el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña); en la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas); todo muy socialista y el tonto de Sánchez haciéndoles la ola.

 

En eso están el tonto de Sánchez y buena parte de la jerarquía católica, que el muerto al hoyo y el vivo al bollo; solo que el muerto son varios millares de mártires por odio a la fe. Por treinta monedas de plata, la diócesis de Mérida Badajoz retira sus ofensivos nombres de lugares públicos sagrados. Al fin y al cabo no es para tanto, que los obispos no tienen porque llevarse mal con el poder; el pueblo fiel ya tiene su piedad y su Semana Santa y lo de los Cristeros fue en Méjico, y hace ya mucho tiempo.

 

[Img #10583]Al bueno de Azaña, cobarde patológico, se le ocurrió aquello de paz, piedad y perdón cuando ya tenía la guerra perdida. Años más tarde, un historiador, curita para más Inri, añadió …y verdad. ¿Ya la hemos liado? Pues no; la verdad es lo que yo diga, es decir la comisión de la verdad. Y si no que se lo digan a la comisión que revisa las calles de Madrid.

 

Es en la vertiente religiosa donde más crudo lo tiene la memoria histérica. No se trata ya de borrar cuarenta años, sino dos mil. Ese es el verdadero objetivo. La cripta del Valle de los Caídos es la excusa, la Cruz es el objetivo; como lo ha sido en Callosa de Segura; retirada la cruz de piedra y antes los nombres de los caídos, ni la proyección luminosa se permite. Ese es el embate final. Nadie ignora que el escudo que figura en la Constitución conservada en las Cortes tiene el águila nimbada de San Juan. Nadie ignora que es el escudo de los Reyes Católicos. Nadie ignora que el Evangelio de San Juan empieza “En el principio era el Verbo (Logos)”, la VERDAD. Nadie ignora que el águila protectora de España, presente en estandartes en las Navas de Tolosa, es símbolo de su esencia y una afrenta a quienes quieren destruir su significado. Por eso debe desaparecer. Por eso desapareció el grito Una, Grande, Libre que todo español de bien podía hacer suyo, aunque tampoco fuera franquista el lema. Iniciativa socialista y continuidad pepera, que ambos están en lo mismo, penetrados por lo mismo. Más no todo es histeria, que empuñando ora la pluma ora la espada, garcilasos redivivos defenderán la Cruz de la verdad con la verdad de España.

 

Escrito el treinta y uno de marzo, sábado de gloria y aniversario de la legalización del PCE por el secretario general del movimiento que nunca existió.

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