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Federico Santaella. Historiador
Sábado, 14 de abril de 2018
Opinión de Federico Santaella para la Tribuna de Cartagena

Los enemigos de la República

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El artículo de hoy de nuestro colaborador Federico Santaella (opinión atribuible al autor del artículo y en ningún caso a este periódico) demuestra que en La Tribuna de Cartagena sí se respeta la libertad de expresión y -siempre que exista respeto en los argumentos-, publicamos opiniones divergentes de las posiciones defendidas desde este periódico. En cualquier caso, la opinión oficial de La Tribuna de Cartagena respecto a cualquier tema se expresa a través de los Editoriales que publicamos.

 

           

El 14 de abril de 1931, ante las masas enfervorecidas que festejaban la proclamación de la II República Española, en la Puerta del Sol, desde el balcón del Ministerio de la Gobernación, Indalecio Prieto pronunció estas premonitorias palabras: “si vuelven sus enemigos esta alegría de hoy se convertirá en lágrimas”.

           

En efecto, jamás en la Historia de ninguna nación un sistema político ha tenido que enfrentarse a tantos enemigos, tanto nacionales como internacionales, de manera que el mismo día de su proclamación nació el germen de su destrucción.

           

La España de 1931 era heredera de sus dos siglos históricos más miserables. Desde un planteamiento político, las estructuras administrativas no se habían adaptado a los nuevos tiempos. El régimen de la Restauración seguía vigente en su espíritu y de facto la nación seguía siendo la España de los caciques. La Monarquía, aunque formalmente fuese constitucional, recaía en un Rey germanófilo, que intervenía en aspectos políticos que no le correspondían y se acumulaban en él todos los vicios de los monarcas de la dinastía borbónica (que ya es decir). La Iglesia, en su mayor parte ruralizada, continuaba anclada en el pasado; monopolizaba la enseñanza; estaba aliada con los elementos más monárquicos y conservadores de la sociedad, y había abandonado su papel pastoral para ser cómplice de los caciques y señoritos latifundistas. El Ejercito estaba profundamente dividido y enfrentado entre la Infantería africanista, que era el sector más conservador e intervencionista de las Fuerzas Armadas, y las Juntas de Defensa, formadas en su mayor parte por artilleros e ingenieros, como los elementos más progresistas y constitucionalistas de la milicia. La economía se basaba en el sector agrícola; estaba en manos de latifundistas; totalmente descapitalizada en máquinas y herramientas, y laborada por un ejército de jornaleros que vivían en condiciones de semiesclavitud. El panorama de la industria no era mucho mejor. En un país, que no se había incorporado a la Revolución Industrial, apenas existía una burguesía emprendedora, y solo el sector de la minería (en manos de empresas extranjeras) y el textil de Cataluña se podían parecer a un incipiente modelo de producción capitalista, que generaba un también incipiente proletariado urbano.

           

La población, que apenas superaba los veinte millones de habitantes, vivía en su mayor parte en el medio rural, con relaciones de servilismo con respecto a sus “amos”, era pobre, inculta y estaba mal alimentada (el porcentaje de analfabetismo rozaba el 80%). En estas condiciones eran sujetos susceptibles de asumir influencias anarquistas y revolucionarias.

 

Con este panorama de miseria política, económica y social tuvo que enfrentarse la recién nacida II República y tuvo ante sí el enorme reto de acometer las reformas necesarias, para poder revertir esta situación de atraso y subdesarrollo, a la que habían llevado a España una casta de políticos corruptos, cobardes y traidores.

           

No obstante, en España sobraba talento. El talento nunca ha faltado en nuestra piel de toro, a pesar de que los españoles más preparados y honrados siempre han sido marginados por los poderes fácticos.

           

Una confluencia de juristas de reconocido prestigio, profesores universitarios, filósofos, historiadores e intelectuales, de todas las tendencias políticas, aportaron todos sus conocimientos y experiencia para redactar la Constitución más progresista, democrática, igualitaria, social y avanzada que nunca había tenido España ni el resto de las democracias europeas. Una Constitución inspirada en el Racionalismo, la Revolución Francesa, el espíritu de las Cortes de Cádiz y el legado universal de la Historia de España.

           

 

Había nacido la Constitución de la II República española

           

 

La nueva Carta Magna estableció una serie de reformas de carácter político, social y económico, equiparable a la de los países más democráticos y avanzados del mundo. Se estableció un sistema de gobierno con separación de poderes, donde el poder legislativo radicaba en una sola cámara; el ejecutivo, en el Gobierno y el Presidente de la República, y el judicial, en magistrados independientes. También se estableció el reconocimiento de la igualdad de todos los españoles ante la Ley, sin discriminación en función de la edad, sexo y condición social. En el año 1933 se legisló el derecho al voto femenino.

           

La Reforma Agraria (que nunca se pudo completar) pretendía la expropiación de los latifundios y favorecer las condiciones de vida de los jornaleros, estableciéndose la jornada laboral de 8 horas. El Estado se configura como laico y aconfesional lo que provocó la oposición frontal de la Iglesia encabezada por el Cardenal Segura (Primado de España). Se legalizó el matrimonio civil, la eliminación de la censura, la libertad de reunión y manifestación, y la Sanidad Pública. Donde mayor éxito tuvo la aplicación de la Constitución republicana fue en el capítulo de la Educación Pública, con la construcción de más de 6.500 escuelas y su consiguiente dotación de docentes; la creación de misiones pedagógicas y universidades populares, y todo ello con el espíritu y la línea humanística y científica de la Institución Libre de Enseñanza.

           

Sin embargo, todas estas reformas tropezaban con los intereses de amplios sectores de la Oligarquía, de la Monarquía, de la Iglesia, del Ejército africanista, de la alta Burguesía, de los terratenientes, y de los partidos y sindicatos que pretendían utilizar las libertades republicanas para movilizar a las masas obreras en pro de la consecución de objetivos revolucionarios.

           

En realidad, excepto los intelectuales, muy pocos estaban dispuestos a consolidar el sistema republicano, aunque formasen parte de sus propias instituciones. Por la izquierda, anarquistas, comunistas y el ala izquierda del socialismo entendían que la República era enemiga de la clase obrera. La derecha, en su mayor parte, era monárquica, antirrepublicana y partidaria de la intervención militar. El Partido Carlista de Fal Conde y Renovación Española de Calvo Sotelo eran partidarios de una monarquía autoritaria.

           

Con este panorama, la República se tuvo que enfrentar a los primeros problemas y éstos vinieron de mano de los nacionalismos.  El eje Barcelona-Bilbao fue el responsable de la primera gran traición: en Cataluña, Maciá quiso proclamar la República catalana, a la que renunció tras la promesa de un Estatuto de Autonomía. Por su parte, el Partido Nacionalista Vasco y los carlistas, mediante el estatuto de Estella, pretendían una autonomía confesional y tradicionalista. Ninguna de las dos iniciativas prosperó.

           

Pero no había hecho más que empezar las conspiraciones y golpes de Estado contra la República.

           

El 10 de agosto de 1932, el General Sanjurjo realizó en Sevilla un intento de golpe de Estado, que no tuvo éxito por falta de apoyo militar. (Condenado a muerte, después le fue conmutada la pena y al final se fue exiliado a Estoril). 

           

El 4 de octubre, los comunistas y la facción socialista de Largo Caballero promovieron la llamada Revolución de Asturias, con el propósito de crear un estado bolchevique inspirado en la Revolución Soviética. El levantamiento fue reprimido a sangre y fuego.

           

El 7 de octubre de 1934, el Presidente de la Generalidad Lluis Companys proclamó el Estado catalán. El Gobierno reaccionó proclamando el Estado de Guerra, deteniendo a los culpables y suspendiendo indefinidamente la Autonomía Catalana.

           

Con el triunfo electoral del Frente Popular ocurrió otra grave traición contra la República. Se indultó a Companys; se restauró el Estatuto de Autonomía, y hasta siete ministros anarquistas y de Izquierda Republicana de Cataluña pasaron a formar parte del Gobierno. (Pusieron a las zorras al cuidado de las gallinas).

           

La situación política interior no resultaba propicia para que el sistema político republicano tuviese la más mínima estabilidad. Los partidos de derechas, monárquicos, la Iglesia y el Ejército cada vez estaban más unidos y conjurados para apoyar un Golpe de Estado militar que ya se veía venir. Ya daban a la República como amortizada.

           

El panorama de la izquierda, a la que se le llenaba la boca de su vocación republicana, tampoco era favorable, encontrándose enfrentados incluso dentro de sus propias filas. De esta manera, los estalinistas del PCE se rebelaron como enemigos acérrimos de los trotskistas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Muchos mítines del PSOE se disolvían a tiros entre los partidarios de Prieto y los de Largo Caballero. Los anarquistas de las FAI (Federación Anarquista Ibérica) y gran parte de la UGT calificaban a la República como burguesa y todos sus esfuerzos estaban dirigidos a promover una revolución proletaria. Mientras tanto, los nacionalistas catalanes y vascos seguían conspirando contra la integridad territorial de España.

           

En esta coyuntura, el papel de la Falange se ha sobredimensionado en la Historiografía. Era un grupo demasiado minoritario y apenas tuvo influencia política. Eso sí, el dictador quiso utilizar el nombre de la Falange para dar a su régimen un cierto aspecto de contenido ideológico, y aunque hipócritamente Franco se refería a Jose Antonio como “el ausente”, la coexistencia de los dos personajes hubiese sido incompatible. Franco no quería revolucionarios en su régimen y por eso mandó a miles de jóvenes falangistas y estudiantes del SEU con la División Azul, para que los matasen en el frente de Leningrado.   

           

Todas las condiciones objetivas habían confluido para que el 18 de julio de 1936 el General Franco, con su Ejército de África, diese un golpe de Estado al que definió eufemísticamente como Alzamiento Nacional, que dio la definitiva puntilla a la ya maltrecha República Española. Así comienza la Guerra Civil y el prólogo de la II Guerra Mundial.

           

La República, en un primer momento, pudo neutralizar el Golpe de Estado, pero enseguida se manifestaron las traiciones internas. La Generalidad, en vez de hacer frente a los sediciosos, trató de nuevo de proclamar la independencia catalana. Creó el Ejército catalán, precursor de los actuales mossos d’ escuadra. Ejército que no incorporó a las tropas regulares del Gobierno, siendo los milicianos y la CNT los que acudieron de forma desordenada al frente de Aragón. Además, la Generalidad no participó activamente en la economía de Guerra, ralentizaba los pedidos de suministros solicitados para el frente de Madrid y paralizaba en la frontera la ayuda de armamento y material que la República había adquirido en Francia, al principio de la Guerra. Simultáneamente, en las Vascongadas, se estableció el Estatuto Vasco, del que su primer Lehendakari fue Jose Antonio Aguirre del PNV.

           

El propio Manuel Azaña, que a pesar de su innegable talla intelectual no dejaba de ser un personaje cobarde y pusilánime, se lamentaba de haber sido defensor del Estatuto catalán de 1932. Incluso, el Dr. Negrín, Presidente de la República, harto de los nacionalistas llegó a afirmar: “antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los desafueros de los de adentro”.    

           

La República se tuvo que enfrentar tanto a las traiciones internas como a un Ejército perfectamente organizado, jerarquizado, disciplinado y aguerrido, que además contó con la incondicional colaboración de tropas moras, la Alemania nazi y la Italia fascista. Mientras tanto, el papel de las democracias europeas fue realmente vergonzoso. Lejos de ayudar a la República, promovieron la llamada Política de no Intervención, abandonándola a su suerte. Solo la Unión Soviética apoyó la República, pero eso sí, a costa de decomisar el Tesoro Nacional y con la estrategia de exportar a España su revolución bolchevique.  

           

En estas circunstancias, fue casi milagroso que la República pudiese sostener el esfuerzo de guerra durante tres años.

           

En los primeros meses de 1939, el Gobierno aún seguía controlando más de un tercio del territorio nacional. Los frentes estaban estabilizados y objetivamente podía seguir resistiendo hasta que comenzase la II Guerra Mundial, para así unir su suerte a la de las democracias occidentales. Pero el 5 de marzo de 1939, el Coronel Casado (Jefe del Ejército del Centro) se rindió a las tropas franquistas apoyado por el socialista Julián Besteiro, los anarquistas y algunos republicanos. Este último Golpe de Estado puso fin a la II República.

           

Cuando llegó a su fin la II Guerra Mundial, las potencias democráticas se abstuvieron de liberar a España de la Dictadura, como habían hecho con el resto de países europeos. España volvió a ser traicionada a pesar de que fue la primera nación que luchó heroicamente, durante tres años, contra el fascismo. El principal responsable de esta traición fue Winston Churchill, que había pactado en secreto con Franco su no intervención a favor del Eje, a cambio de no inmiscuirse en su régimen dictatorial. En la Conferencia de Postdam, el propio Stalin quedó sorprendido de la pasividad de los aliados con respecto a España.

           

Empecé este relato con unas palabras de Indalecio Prieto y lo voy a terminar con otras palabras que el mismo político manifestó ya en el exilio: “todos decían amar a la República y todos se concitaron para destruirla”.

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2 Comentarios
Fecha: Sábado, 14 de abril de 2018 a las 19:15
Jose Luis
Hola Federico,
Creo que de tu artículo es facilmente deducible que a la República no se la cargó el Alzamiento, sino que el gérmen de su destrucción estaba dentro desde mucho antes del 36. Como bien señalas, la República como forma de estado y de gobierno sólo era la legítima aspiración de unos pocos intelectuales, tanto de derechas como de izquierdas que, para su desgracia, se apoyaron en lo peor de la izquierda analfabeta, cruel y vengativa, cuyo único objetivo era la implantar el modelo soviético
Al final, y pese a la sangre derramada, creo que España salió ganando con el golpe de estado. No quiero imaginarme que hubiera sido de nosotros de haber vencido la izquierda revolucionaria que, como ha demostrado la Historia, sólo ha proporcionado mas hambre, mas miseria, mas atraso e infinitamente mas sangre de la que haya dejado cualquier derecha
Fecha: Sábado, 14 de abril de 2018 a las 12:51
Vladimir Illich
Hola Tribuna, artículo muy decepcionante
queremos más artículos sobre la España del 39, no la del 31.
Solo me ha gustado la parte de sangre de toros

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